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Rakhmanov, el Asistente del Director, me miró un rato con elocuente reproche, y finalmente dijo:
“Hemos estado sentados esperándole, disgustados, con los nervios de punta, y a usted sólo le
“parece” que se retrasó “un poco”. Todos llegamos aquí llenos de entusiasmo para hacer el
trabajo que nos esperaba. Ahora, gracias a usted, nuestro humor y buena disposición se han
disipado. Despertar el deseo de crear es difícil, matarlo es extremadamente fácil. Si yo interfiero
mi propio trabajo, es cosa mía. Pero, ¿qué derecho tengo a detener el de todo un grupo? El
actor, no menos que el soldado, debe sujetarse a una disciplina férrea.
Por esta primera falta, Rakhmanov se limitaba a reprenderme sin reportar nada, —dijo— al
récord que, por escrito, se llevaba de los estudiantes; pero —añadió— yo debía disculparme de
inmediato con todos, y hacerme el propósito, en lo futuro, de llegar a los ensayos un cuarto de
hora antes de que empezaran. Aun después de haberme disculpado, Rakhmanov se resistió a
continuar el frustrado ensayo porque, dijo, ese primer ensayo es siempre un suceso en la vida de
un artista, y debe guardarse de él la mejor impresión posible.
El ensayo de hoy se echó a perder por mi descuido. Esperemos que el de mañana sea algo
digno de recordarse.
Esta noche me había propuesto acostarme temprano, porque temía trabajar mi papel.
Pero mis miradas recayeron en un pastel de chocolate, y... lo mezclé con un poco de
mantequilla, obteniendo una pasta de color café. Era fácil de untarse en la cara: eso me
convertiría en un moro. Sentado frente al espejo admiré, largamente, el brillo de mis dientes,
ensayando cómo mostrarlos, y también cómo poner los ojos en blanco. Para completar mi
caracterización me arreglé el traje y tan pronto como me lo puse me asaltaron los deseos de
actuar. Mas no logré sino repetir lo hecho ayer, pareciéndome que, ahora, había perdido ya su
bondad. No obstante, creí haber ganado algo en cuanto a mi idea de cuál debía ser la apariencia
de Otelo.
3
Hoy fue nuestro primer ensayo. Llegué con mucha anticipación. El Asistente del Director sugirió
que nosotros mismos planeásemos nuestras escenas y arregláramos la utilería.
Afortunadamente, Paul estuvo de acuerdo en todo lo que yo propuse, ya que sólo le interesaban
los rasgos psicológicos de Yago. Para mí los rasgos exteriores tenían la mayor importancia:
deberían recordarme el ambiente de mi propio cuarto. Sin ello no podría volver a nacer la
inspiración en mí. Y aunque luché no importa cuánto, por hacerme a la creencia de que estaba
en mi cuarto, todos mis esfuerzos fueron inútiles. Solamente estorbaban mi actuación.
Paul sabía ya completamente su papel de memoria, pero yo tenía que seguir las líneas de mi
texto, aunque fuese sólo aproximadamente. Para mi sorpresa, las palabras no me ayudaban; de
hecho, me confundían. Así que hubiera preferido prescindir del texto por completo, o tendría que
detenerme a la mitad. No sólo las palabras, sino también los pensamientos del poeta, me
parecían ahora extraños. Hasta los lineamientos de la acción contribuían a quitarme aquella
libertad que había sentido cuando ensayaba en mi cuarto.
Peor aún: no reconocía mi propia voz. Además, ni el plan ni la manera de realizarlo, previamente
establecidos durante mi labor en casa, armonizaban con la actuación de Paul. Por ejemplo,
¿cómo podría tener ocasión, en una escena relativamente tranquila entre Otelo y Yago, de hacer
visible el brillo de mis dientes, el movimiento de los ojos que pensaba introducir en mi parte? Ni
aun podía deshacerme de mis ideas fijas de cómo actuar, según había concebido, la naturaleza
de un salvaje, ni del ambiente que para ello habla preparado. Quizás la razón de esto era que no
encontraba con qué reemplazar aquello. Habla leído el texto del rol en cuanto a sí mismo, y
había animado al personaje en sí mismo, sin haber relacionado uno con otro. Así, las palabras
interferían la actuación, y ésta a las palabras.
Cuando trabajé hoy en casa, persistí en volver sobre mis pasos, sin encontrar nada nuevo. ¿Por
qué sigo repitiendo métodos y escenas? ¿Por qué es mi actuación la misma de ayer, como igual
