PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf

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un humilde guacal para depositar la comida para los animales de su granja. No lo
cubrieron de oro ni de piedras preciosas, sino que fue rodando de aquí para allá,
de granja en granja, transportando pienso y hasta la boñiga del ganado.
El segundo árbol sonrió cuando el leñador lo llevó cerca de un
embarcadero. Pero no hicieron con él un barco majestuoso como él había
deseado y soñado tantas veces. Tan sólo hicieron con él un humilde bote de
pesca, tan pequeño y débil, que ni podría navegar por mares ni océanos. Lo
dejaron allí en un pequeño y apacible lago y lo utilizaban para salir a pescar cerca
de las orillas.
El tercer árbol vio con desconcierto que el leñador lo deshacía para sacar
de él unos tablones que dejó abandonados en un almacén de madera. Allí
terminaron sus sueños de erguirse majestuoso sobre la montaña para ser una
flecha vigorosa apuntando al corazón del cielo y al misterio de Dios.
Fueron pasando los años y, con el tiempo, los tres árboles olvidaron hasta
sus sueños. Pero una noche, una luz de estrella dorada alumbró al primer árbol
cuando una joven mujer puso a su hijo recién nacido entre las viejas maderas del
guacal, ahora convertido en un pesebre. “En Nazareth, yo le hubiera hecho al niño
una cuna bien bonita”, se quejó el esposo. La mujer apretó con cariño la mano del
hombre y dijo: “Lo sé, José, pero este pesebre es también muy hermoso y resulta
una cuna extraordinaria”. Y el primer árbol supo de súbito que contenía el mayor
tesoro del mundo.
Una tarde, un viajero cansado y sus amigos se subieron al viejo bote de
pesca. El viajero se quedó dormido mientras el segundo árbol, convertido en bote,
comenzaba a navegar tranquilamente lago adentro. De repente, una feroz
tormenta agitó con violencia las aguas del lago y el pequeño bote comenzó a
saltar aterrado sobre las olas encrespadas. Se sabía muy débil y temía que no iba
a ser capaz de llevar a salvo a los pasajeros hasta la orilla. Entonces, se levantó el
hombre que dormía y alzando su mano increpó con voz firme a la tormenta:
“¡Calla, enmudece!”. El viento y la tormenta se calmaron y el lago recobró su
placidez habitual. Y entonces el segundo árbol supo que en su lancha navegaba el
Rey del Cielo y de la Tierra.
Un viernes en la mañana el tercer árbol se extrañó cuando sacaron sus
tablones olvidados y los llevaban entre una multitud que gritaba enardecida. Se
llenó de miedo y de dolor cuando unos soldados clavaron las manos de un pobre
hombre en su tosca madera. Se sintió áspero, cruel, feo. Pero al domingo
siguiente, por la mañana, cuando el sol brilló y la tierra tembló de júbilo debajo de
aquellos tablones que diseñaban en el cielo una cruz, el tercer árbol supo que el
amor de Dios lo había cambiado todo. El árbol que tanto había soñado con señalar
siempre hacia el cielo y hacia Dios, se sintió muy fuerte y adivinó que, en adelante,
cuando la gente mirara una cruz estaría sintiendo el infinito amor de Dios a los
hombres. Y eso era mucho mejor que ser el árbol más alto y esbelto del mundo.
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