PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf

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31.- ENSEÑAR CON LA VIDA
Cuentan que, en cierta ocasión, San Francisco de Asís invitó a un fraile
joven a que le acompañara a la ciudad, para predicar. Se pusieron en camino y
estuvieron por un buen rato recorriendo las calles de la ciudad, saludando con
cariño a las personas que encontraban. De vez en cuando, se detenían para
acariciar a un niño, consolar un anciano, ayudar a una señora que volvía del
mercado cargada de bolsas.
Al cabo de un par de horas, Francisco le dijo al compañero que ya era hora
de regresar al convento.
-¿Pero no vinimos a predicar? –preguntó el fraile con extrañeza.
Francisco le respondió con una sonrisa muy dulce:
-Lo hemos estado haciendo desde que salimos. ¿Acaso no viste cómo la
gente observaba nuestra alegría y se sentía consolada con nuestros saludos y
sonrisas?
Sólo es posible educar valores si uno lucha y se esfuerza por construirlos
en su propia vida. Con frecuencia, hablamos de valores, proponemos valores,
mostramos valores, reflexionamos valores pero no los enseñamos porque no los
vivimos, porque no nos comprometemos a encarnarlos en nuestro actuar
cotidiano.
Padres y maestros deben plantearse, con humildad y con responsabilidad,
ir siendo modelos de vida para sus hijos y alumnos, de modo que estos los
perciban como personas comprometidas en su continua superación. Sólo podrá
enseñar valores el que se esfuerza por enseñárselos a sí mismo, el que lucha por
levantarse de sus debilidades y se compromete día a día a ser mejor.
En una cultura y un mundo donde niños y jóvenes son bombardeados con
propuestas de modelos huecos, narcisistas y vanos, donde la plenitud se degrada
a mero consumir y aparentar, necesitamos transformar profundamente los
actuales centros educativos, si queremos realmente incidir en la formación de los
alumnos. De meros lugares de enseñanza e instrucción o depósitos de niños y de
jóvenes mientras sus padres trabajan, los centros educativos deben concebirse
como espacios para practicar, vivir y desarrollar los valores que se consideran
esenciales para el individuo y la colectividad. Por ello, deben entenderse y
asumirse como comunidades de vida, de participación democrática, de diálogo,
trabajo y aprendizaje compartido. Comunidades educativas que rompen las
absurdas barreras artificiales entre escuela, familia y sociedad, en las que se
aprende porque se vive, porque se participa, se construyen cooperativamente
alternativas a los problemas individuales y sociales, se fomenta la iniciativa, se
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