PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf


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26.- EL VIAJE DE LA IMAGINACION
Julio Verne, uno de los escritores favoritos de los jóvenes, ha nutrido con
sus novelas las fantasías de millones de adolescentes en todo el mundo.
Armando José Sequera nos recuerda que, desde muy niño soñaba con el mar, con
emprender largos viajes de aventuras. De hecho, cuando sólo tenía once años de
edad, una mañana se escapó de su casa a galope tendido, se fue hasta el puerto
de la ciudad más cercana y se embarcó como grumete en “La Coralie”, un navío
que partía rumbo a la India.
El joven aventurero no pudo llegar muy lejos: En la primera escala que hizo
el barco, lo estaba esperando su padre, un exitoso abogado que había decidido,
sin importar para nada lo que pensara su hijo, que Julio continuara la tradición
familiar y fuera abogado como él y como también lo había sido su padre, el abuelo
de Julio.
Para cortar por lo sano el afán aventurero del niño y castigar la osadía de
haber huido de la casa, Julio fue castigado a una dieta forzada de sólo pan y agua
durante diez días y a recibir catorce azotes con un látigo delante de toda la
familia.
Cuando llegó a la mitad de los azotes, el padre detuvo el castigo y le
preguntó:
-¿Prometes no viajar más que con la imaginación?
El que luego sería uno de los escritores más admirados y leidos en todo el
mundo, tuvo que responder que sí, que en adelante sólo viajaría con su
imaginación.
Y Julio Verne dio rienda suelta a su fantasía y creatividad. Su extraordinaria
imaginación fue guiando su pluma y una tras otra fueron naciendo 65 novelas que
él mismo bautizaría como “Viajes Extraordinarios”. Desde su escritorio francés, se
adentró por las selvas del Orinoco, dio la vuelta al mundo, penetró al centro de la
tierra, recorrió el fondo de mares y océanos y hasta se trepó a la luna
adelantándose cien años a los viajes espaciales...
El buen maestro cultiva la imaginación de sus alumnos, espolea su
creatividad, les suelta las riendas de la fantasía para que galopen interminables
viajes por mundos apasionantes y desconocidos. En este mundo tan materialista
y frío, que ha reducido la vida a una mezcla de teleconsumo (televisión y
compras), que reniega de las utopías y asfixia la esperanza, los genuinos
educadores deben ejercitar contínuamente la capacidad de imaginar y soñar de
sus alumnos. Soñar que es posible un mundo mejor, donde las personas
volvamos a mirarnos a los ojos como hermanos y no nos veamos como rivales,
amenazas o enemigos. Soñar una educación alegre y pertinente, llena de sentido,
orientada a formar personas autónomas y ciudadados responsables y solidarios.
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