PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf


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27.- LAS VOCES DEL SILENCIO
En su extraordinaria obra autobiográfica, Confieso que he vivido, el gran
poeta chileno Pablo Neruda, premio nóbel de literatura, nos cuenta la anécdota
del poeta andaluz Pedro Garfias, uno de los muchísimos artistas, intelectuales y
obreros que debieron abandonar España tras la Guerra Civil y el triunfo de las
fuerzas franquistas antidemocráticas.
Pedro Garfias vino a dar en condición de exiliado a un castillo escocés.
El dueño del castillo se la pasaba viajando y el poeta vivía prácticamente solo en
ese inmenso castillo. Para hacer más soportable su soledad, acostumbraba ir
todas las noches a la taberna del pueblo cercano y, como no hablaba ni una
palabra de inglés ni ninguno de los clientes sabía algo de español, pasaba las
horas en silencio sobre su cerveza, rumiando nostalgias y recuerdos.
Una noche, cuando ya era hora de cerrar y se estaban marchando todos los
clientes, el tabernero le hizo una señal de que se quedara todavía un rato. Le
sirvió y se sirvió una cerveza y así estuvieron un largo tiempo, uno junto al otro
comunicando hondamente sus silencios.
Durante varios días prosiguieron este ritual de profunda comunicación,
hasta que un día, Garfias no pudo contener el torrente de palabras que le brotaban
desde el alma y le contó sus problemas al tabernero, quien, sin entender las
palabras, estuvo escuchando y asintiendo emocionado. Cuando terminó el poeta,
el tabernero asomó al amigo con palabras extrañas a los rincones más ocultos
de su alma.
Y siguieron durante varios días escuchándose sin entenderse,o
mejor, entendiéndose más allá de las palabras, fraguando una amistad más fuerte
que las barreras del idioma. Garfias consiguió visa para marcharse a México y la
noche anterior a su partida estuvieron tomando y despidiéndose en palabras
desconocidas hasta que la mañana dio unos tímidos golpes en la ventana.
Años más tarde, el poeta andaluz le confesaría a Neruda:
-Nunca entendí una sola palabra de lo que él me contaba, pero cuando lo
escuchaba, siempre estuve seguro de que lo comprendía. Y sé que cuando yo
hablaba, él también entendía lo que trataba de expresarle.
Comunicarse es abrir el alma. Con frecuencia, hablamos y hablamos pero
no nos comunicamos. Hablamos y las palabras son trampas con las que nos
ocultamos. Palabras devaluadas, como moneda gastada, sin valor, que corre de
mano en mano. Es el lenguaje de lo comercial, lo político, y hasta lo afectivo:
palabras, palabras, palabras, sin alma, sin verdad. Palabras para atrapar, para
seducir, para engañar, para dominar. Por eso, palabras tan graves como “lo juro”,
“prometo”, “te amo”, “cuenta conmigo”..., encierran con frecuencia la mentira, la
traición, el abandono, la soledad.

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