PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf


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La tecnología moderna ha hecho más importante el medio que el mensaje.
Ni los celulares, ni el fax, ni el correo electrónico nos han ayudado a
comunicarnos mejor. Necesitamos comunicarnos cuando estamos lejos, pero
somos incapaces de comunicarnos cuando estamos juntos. No es lo mismo hablar
que decir. Algunos hablan mucho, pero no dicen nada: mera cháchara hueca,
trivial. Otros, con muy pocas palabaras o incluso sin palabras, expresan grandes
sentimientos e ideas.
Las personas hablan y hablan, pero raramente se
comunican sus miedos, angustias, ilusiones... Viven extraños en la misma casa,
en la misma cama, repitiendo rituales vacíos, escuchando en silencio al televisor,
el personaje más importante de la familia.
Si queremos comprender y comunicarnos con nuestros alumnos, los
educadores debemos aprender a escucharlos. Escuchar sus silencios, los dolores
de sus almas, los gritos de sus inseguridades y miedos. Escuchar lo que se
expresa y lo que no se expresa, lo que dicen y lo que callan, los intangibles
pedagógicos, lo que traen de la casa, la calle, la familia. Escuchar lo que piensan,
sin decirlo, de él como maestro o profesor, de la materia, de la escuela. Saber
escuchar, para saber decir, para superar las trampas de la apariencia de la
comunicación. La palabra construye realidad. Una palabra o una frase, un gesto,
pueden influir sobre manera en el crecimiento o en el estancamiento de los
procesos de desarrollo que vive el educando.
Educar es enseñar a escuchar el silencio para ser capaces de oir el griterío
de las flores, las ásperas voces de las piedras, el rumor de las cascadas y
torrentes que nos cuentan los misterios y maravillas del universo con sus labios de
agua. Escuchar el silencio como lugar para la reflexión y el pensamiento y como
antídoto contra tanta palabrería y tanta información banal. La voz del silencio se
hace educativamente necesaria en un mundo tan lleno de ruidos, para así
avanzar hacia un diálogo cada vez más rico y humanizador.
Escuchar el silencio como lugar fecundo y germinador de palabras
verdaderas.

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