PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf


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24.- LOS IMPUESTOS DEL RAJA
Había una vez un Rajá que vivía en un palacio suntuoso, rodeado de lujos y
opulencia. Cruel y sanguinario mantenía su modo de vida exprimiendo con
impuestos cada vez más terribles y onerosos a sus súbditos que escasamente
tenían para mal vivir. Por eso, era odiado por su pueblo y cada vez vivía más
aislado. Ya casi no salía de su palacio y se la pasaba temiendo un complot, un
levantamiento, sospechando de todos.
Un día, mandó llamar a su ministro de finanzas y le dijo:
-Es tiempo de que vayas a cobrar los impuestos anuales.
-Majestad –respondió el ministro- este año la cosecha ha sido muy mala.
Las tormentas y granizadas destruyeron los sembradíos y la gente no va a tener ni
para comer. Le ruego que tenga un poco de comprensión...
-¿Estás acaso loco? –gritó lleno de ira el Rajá-. Yo no tengo la culpa de las
tormentas ni de las malas cosechas. Si no quieres terminar tus días en la cárcel,
obedece mi orden y haz que todos sin excepción paguen lo que deben.
-Está bien –dijo el ministro- cobraremos como siempre los impuestos. ¿Y
para qué emplearemos el dinero recogido?
-Siempre hay algo que reparar o mejorar. Recorre bien todo el palacio y
anota lo que necesite de alguna mejora. En eso emplearemos el dinero.
El ministro hizo el recorrido y vio al Rajá con el rostro sombrío y temeroso, a
la Reina carcomida por el aburrimiento, a los principitos solos y sin amigos,
deseosos de salir a corretear por el campo. Vio las intrigas de los cortesanos, las
miradas de rencor y de odio de los sirvientes y de los campesinos que se
acercaban al palacio.
Concluída su inspección, le dijo al Rajá:
-Majestad, tenía usted razón. Hay muchas cosas que reparar y mejorar en
el palacio. Voy a cobrar los impuestos y con ellos arreglaré todo lo que está
descompuesto.
Empezó su recorrido por el campo. A los toques del pregonero real, la
multitud acudía murmurando a la plaza, juntando sus harapos, rabias y miserias.
Se sabían de memoria el discurso previo a la sangría. Pero, por esta vez, se
estaban equivocando. Casi no podían creer lo que escuchaban. Las palabras del
mininistro eran una lluvia fresca que lavaba sus temores, rabias y cansancios e
iba poniendo chispas de asombro y alegría en sus ojos y en sus corazones:
-El Rajá, nuestro Señor, al enterarse de que este año las cosechas han sido
muy malas, y para cumplir los deseos de la Reina y de sus hijos los príncipes, ha
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