PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf


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23.- JUGAR CON DIOS
Un hermitaño muy santo que vivía solo en las montañas bajaba todos los
domingos a la misa del pueblo y, terminada la misa, se quedaba un buen rato
jugando con los niños. Les daba volteretas, los arrojaba al aire, competía con ellos
en carreras...Cada domingo tenía nuevos juegos y ocurrencias. Los niños lo
adoraban.
Un día, se le acercó el maestro para preguntarle cuál era su magia para
que todos los niños del pueblo le quisieran tanto.
-Les enseño los juegos que, durante la semana, practico con Dios –le dijo el
hermitaño.
Como el maestro le miró con asombro, el hermitaño continuó mirándolo con
sus ojos mansos y profundos:
-Sí, yo me la paso jugando con Dios. ¿Acaso no es él nuestro padre? ¿Y
qué padre bueno no juega con sus hijos? Todos llamamos a Dios Padre, pero, por
el modo en que lo tratamos, no parecemos muy convencidos de que en realidad lo
es. A no ser que pensemos de Dios que es un Padre muy serio y fastidioso.
¿Qué imagen tenemos y reflejamos de Dios? ¿Realmente creemos que es
un Padre infinitamente bueno que nos ama más de lo que podemos imaginar?
¿Un padre juguetón, echador de bromas, que le encanta jugar y divertirse con
nosotros? Y si realmente lo creemos, ¿lo demostramos con nuestro actuar y
nuestra vida? ¿O tomamos a Dios como un padre autoritario, distante y aburrido,
incapaz de reir o sonreir, es decir, como un pésimo padre? ¿No son nuestros
rezos y oraciones demasiado fastidiosos y serios? ¿Nos hemos atrevido alguna
vez a jugar con Dios?
Ciertamente, Dios es Padre de todos los seres humanos y nos llamó a la
existencia para una vida en plenitud y en alegría. Pero somos muy pocos los que
lo sabemos y muchísimos menos todavía los que lo experimentamos, los que
sentimos su amor. De ahí, el deber que tenemos de ser mediadores de su amor
con todos los que lo desconocen, lo ignoran o tienen una idea equivocada de El.
Muchos alumnos nunca han experimentado el cariño profundo de unos
verdaderos padres. Esfuérzate por tratarlos y quererlos de tal forma que, a través
tuyo, puedan asomarse a las honduras insondables del amor de Dios. O del amor
de María, la Virgen, que siempre ha sido camino seguro hacia Jesús, y que, como
madre maravillosa, disfruta de nuestros juegos y alegrías, y le encanta jugar con
nosotros y vernos felices:

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