PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf


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20.- EL HOMBRE QUE SABIA VOLAR
Empezó a propagarse la noticia de que, en un remoto país, había un
hombre que sabía volar. El rico Mansur decidió partir en su búsqueda para pedirle
que le enseñara el arte del vuelo sin importar el precio ni las exigencias.
Aprendería a volar y se guardaría el secreto para sí mismo, sin comunicárselo a
nadie. Sería distinto a todos los demás, lo admirarían y él levantaría su vuelo
extraordinario sobre las multitudes que le observarían impotentes y celosas.
Cuando llegó a aquel país lejano, nadie le supo dar noticias del hombre que
volaba. Todos le confirmaron que habían oído hablar de él, incluso alguno afirmó
y juró que había visto su vuelo prodigioso, pero nadie sabía dónde encontrarlo.
Ansioso de encontrarlo, Mansur ofreció una suculenta recompensa a quien
le diera una información segura, pero de nada sirvió la oferta.
Un día, mientras Mansur se encontraba en el mercado de la ciudad, se le
acercó un viejo escudero, muy pobre, que le preguntó si era él el que buscaba al
hombre que volaba.
-Sí, soy yo. ¿Acaso tú puedes indicarme dónde puedo hallarlo? Si es así, y
lo encuentro, te recompensaré muy bien: ya no pasarás ninguna necesidad en el
resto de tu vida.
-Puedo llevarte hasta él, si quieres. Comamos algo y después nos ponemos
de camino sin demora.
Así lo hicieron. Incluso Mansur, conmovido por su pobreza, le compró una
manta y un par de sandalias nuevas. Se encaminaron hacia el Norte, cruzaron el
río, y a la noche pernoctaron en un hostal. Al día siguiente retomaron el camino.
Mansur ardía de impaciencia por encontrar al hombre que volaba y no cesaba de
hacerle preguntas sobre él.
-¿Todavía estamos muy lejos? –preguntaba impaciente una y otra vez.
-No, no, ya estamos cerca –le respondía calmadamente el viejo escudero.
Pero fueron pasando los días y Mansur empezó a dudar. Cuando iniciaron
la subida a una alta montaña, Mansur no pudo aguantar más y gritó lleno de
cólera:
-Desde hace una semana me repites lo mismo, que estamos cerca, pero yo
no veo ningún vestigio del hombre que buscamos. Te alimento, te doy albergue,
pero tú me llevas de acá para allá en un penoso viaje que ya se me asemeja a una
terrible pesadilla. Empiezo a sospechar que no sabes nada y que simplemente
eres un embaucador y un mentiroso, que sólo buscas aprovecharte de mí.

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