PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf

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15.- ¿DÓNDE ESTA DIOS?
Tony de Mello nos cuenta la historia de un pececito que andaba buscando
desesperadamente el océano. Lo buscaba y lo buscaba por todas partes pero no
lo encontraba. Incluso empezó a dudar de su existencia pues había oído que
muchos peces sabios decían que no existía, que era tan sólo un invento de los
peces anteriores mucho más ignorantes que ellos.
Un día, se encontró con un pez muy viejo y venerable y le dijo:
-Sin duda que usted podrá ayudarme. Dígame, ¿dónde puedo encontrar el
océano? He estado buscándolo por todas partes, sin resultado.
-El océano –respondió el viejo- es todo esto: donde nadas, buscas, vives.
Fuera del oceáno estarías muerto.
-¿Pero qué locuras me dice usted? Si esto es sólo agua –y el pececito se
alejó decepcionado, pensando que los muchos años habían vuelto imbécil al pez
viejo.
Buscamos a Dios o incluso negamos su existencia sin caer en la cuenta
que en él estamos, vivimos y nos movemos. Nos pasa como a los judíos en
tiempos de Jesús: tenían al mesías con ellos pero no supieron reconocerlo
Creo que es también de Tony de Mello la historia de aquel maestro Zen que
se sentó frente a sus discípulos a darles una charla sobre Dios. Apenas había
empezado a hablar, cuando un pájaro comenzó a cantar. El maestro quedó en
silencio, escuchando el canto. Cuando concluyó el canto, les dijo a sus discípulos:
-Después de todo lo que dijo el pájaro, no me queda a mí nada que decir –
se levantó y se fue.
Todo en el mundo es revelación de Dios. Todo vocea su presencia y
nosotros nos empeñamos en dudarla. En cada sonido está el eco de su voz, en
cada color un destello de su mirada. Todo es revelación, todo habla, si sabemos
escuchar.
Dices que no encuentras a Dios, ¿pero acaso lo buscas donde se
encuentra? No lo busques, porque le aburren mucho, en los discursos filosóficos
que tratan de probar su existencia, ni en las agudas disertaciones teológicas, ni en
los cultos pomposos de los templos o en esos rezos monótonos y rutinarios. Mira
a tu alrededor y lo verás jugando con tus hijos, y si vuelves tus ojos al espacio, lo
verás caminando en la nube, desplegando sus brazos en el rayo y descendiendo
mansamente con la lluvia. Lo podrás ver sonriendo en las flores y elevándose
luego para agitar sus manos en los árboles. Lo verás en la canción del agua, en la
súplica del mendigo, en la fatiga del obrero. Pedimos milagros y no somos
capaces de apreciar el milagro imperecedero de la existencia y la revelación del
misterio en una noche estrellada, un amanecer luminoso, una sonrisa, un rayo de
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