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Asambleas y reuniones
parte, el hecho de reservar siempre un espacio de evaluación al final de
cada reunión puede ser una fuente de motivación para intentar poner todo
de nuestra parte para que se desarrolle lo mejor posible, para que al final
podamos sentir la satisfacción de valorarnos positivamente.
La evaluación de cada reunión debe hacerse al finalizar los otros temas
abordados, preferiblemente sin dejarla para otro momento u otro día, ya que
vamos a olvidar muchos datos significativos.
Para facilitar la evaluación puede ser útil que una o varias personas
asuman la posición de observadoras, guardándose de participar activamente en
la asamblea y anotando (concienzudamente) todo lo que están observando
del transcurso de la misma, para después «devolverle» esta información a
todo el grupo.
Marcar el
momento propio
para la crítica.
Apuntar
observaciones,
exponer después.
Propone cambios
«en positivo».
El hecho de insistir en lo beneficiosa que puede resultar la evaluación en
el proceso asambleario no quiere decir, sin embargo, que deba estar abierta la
posibilidad de comentar, evaluar o criticar los elementos de la asamblea en
cualquier momento de su transcurso. Puede que en mitad de la reunión, metidos
y metidas de lleno en uno de los puntos del orden del día, veamos algunos
elementos del funcionamiento que no nos gustan, o que sea posible mejorar. Sin
embargo no conviene interrumpir el tema del que se trata y abrir «paréntesis»
para la crítica, ya que probablemente esto entorpezca el abordaje de los temas y
rompa el ritmo de trabajo. Lo que podemos hacer en estos casos es:
1) Tomar nota o recordar cual fue el elemento que no nos gustó para
explicarlo lo más claramente posible en el espacio final de la evaluación,
una vez resueltos todos los temas del orden del día. Esto también significa
dar un voto de confianza a la persona que está moderando, dándole
tiempo para reaccionar o rectificar o incluso demostrarnos que sus
propuestas organizativas tienen un sentido beneficioso para todas y todos.
2) Hacer una propuesta organizativa concreta. Un ejemplo: lo que estoy
percibiendo es que está tratándose un tema que no afecta a todo el mundo,
sino a una mínima parte, y que, sin embargo, está llevando mucho tiempo,
por lo que todos los demás estamos algo aburridos y desimplicados. Abrir
un espacio de evaluación por el medio de la discusión del tema sería algo
así: «Yo pienso que estais abordando un tema que no nos incumbe a todos
y que, por lo menos a mí, me aburre»; a lo que probablemente habría
respuestas del estilo: «Este tema nos incumbe a todos, aunque en distinto
grado, y vosotras también podeis aportar vuestras opiniones», «pues la
realidad es que llevais media hora hablando entre vosotras cuatro», etc. En
resumen, lo que conseguimos es romper el tema para hablar de un nivel
diferente, interrumpiendo la marcha de la asamblea porque la «nueva
discusión» está formulada de modo que puede llevar también mucho
tiempo. Por el contrario, hacer una propuesta organizativa concreta sería:
«Un momento; propongo, si os parece bien y el moderador está de
acuerdo, que resolvamos este tema en una pequeña “comisión de
afectados”, que elabore por escrito las distintas alternativas de solución y
también las ventajas e inconvenientes de cada una en los próximos veinte
minutos, para presentarnos a los demás y tener más elementos de
valoración para poder tomar una decisión antes de las siete y media.
Propongo que en los veinte minutos en que trabaja esta pequeña comisión
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