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¿ENTONCES?
“No se trata de dictar la “línea justa” a los obreros
revolucionarios; tampoco se trata de abstenerse de
toda intervención revolucionaria coherente so
pretexto de que “los obreros deben decidir por sí
mismos”; pues, por un lado, los obreros no toman
sino las decisiones que les impone la situación
general de la sociedad; y por otro, el movimiento
revolucionario es una totalidad orgánica de la que
la teoría es un elemento inseparable. Los
comunistas representan y defienden siempre los
intereses generales del movimiento. En cualquier
situación en la que se encuentren, no rehúsan
expresar todo el sentido de lo que sucede y hacer
propuestas de acción consecuentes; si la situación
es revolucionaria, si la expresión dada del
movimiento y las propuestas de acción son justas,
estas se integran necesariamente en la lucha del
proletariado.”
Gilles Dauvé, "Contribución a la crítica
de la ideología de ultra-izquierda"
Luchar para transformar la vida se nos vuelve una
necesidad vital, y también una posibilidad real que
precisa de apoyos y simpatías, pero también de
participación, compromiso y decisión. Y cuando en
nuestras luchas se encuentran la raíz de los problemas,
traspasando las apariencias y asumiendo el carácter de
un mismo organismo, con sus diversas expresiones y
características, el entendimiento fluye con mayor
naturalidad, los límites de la
normalidad nocomunicativa comienzan a borrarse y el diálogo con el
poder dominante comienza a hacerse imposible.
Porque no hay un lenguaje común con el oponente
cuando se ha decidido no dejar canalizar nuestras
necesidades de manera democrática: la necesidad
de organizarse no puede transformarse en “derecho a
reunión” o “libertad sindical”, ni la necesidad de
expresarse en “libertad de prensa”, ni hacer huelga en
“derecho a huelga” y mucho menos en satisfacer
nuestras necesidades humanas entendiéndolas como
“derechos básicos”.
Es difícil que la ruptura con la normalidad suceda
masivamente. Las acciones decisivas en la lucha de
clases no comienzan en formales consultas generales
por parte del Estado, o con debates abiertos y
tolerantes hacia el enemigo. Estas suelen ser acciones
realizadas por una minoría (en términos de cantidad),
determinada a romper con la pasividad y el aislamiento
de la mayoría de los proletarios a su alrededor, que
luego intenta difundir sus acciones a través del ejemplo,
antes que con distintos argumentos. En otras palabras,
el principio de división entre toma de decisiones y
acción siempre es superado en la práctica de acuerdo a
las necesidades del momento, que no son mas que las
necesidades generales.
Aparentemente los rebeldes operan “aisladamente”,
pero no están más aislados de lo que están los demás
explotados entre sí ¿Es esto entonces una
reproducción del aislamiento? No, más bien es un
intento por superarlo, partiendo desde la realidad
concreta, que es la del aislamiento.
Este momento de separación es el momento para la
oportunista política de jefes que plantea la revolución
como un problema de conciencia, conciencia que
poseería el partido (o la ideología) y de la cual las
masas no sólo carecerían, sino que les es inaccesible.
Planteado como un problema estrictamente de
conciencia que determina de antemano el camino a
seguir, no hay salida más allá de aportar la conciencia
leninistamente o bien de invertir la óptica leninista
esperando a que los obreros adquieran la conciencia.
