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En este “paraíso democrático”, somos libres de disgustarnos
con ciertos aspectos de la realidad y hasta tenemos el derecho
de luchar, pero siempre como obreros, consumidores,
votantes… es decir: ciudadanos, negándonos como clase,
quejándonos sin poner en evidencia el antagonismo social que
nos enfrenta a estas condiciones de existencia. Alentando la
idiotez y la sumisión, fijándonos una imagen de orden que
obstruye la capacidad de concebirnos capaces de comprender
la totalidad que engloba nuestro mundo.
Tenemos derecho a exigir a nuestros representantes mejoras
en las ciudades repugnantes donde vivimos, tenemos derecho
a sindicalizarnos y negociar el precio de nuestra vida. Hasta
tenemos derecho a manifestarnos pacíficamente. Debemos,
según las leyes del Estado y el Capital, traducir al lenguaje
de la normalidad, codificar nuestra demanda real por el
derecho a aquella demanda.
La reivindicación, la demanda, son expresiones de lo que como
explotados y oprimidos necesitamos. Exigiendo de manera
firme y directa, o hasta cuando lo hacemos tímidamente y casi
rogando.
Es la codificación de aquello en reforma, por el contrario, la
clave en la reproducción de la explotación y la dominación. Por
ello cuanto más clara y directa es la reivindicación más
difícil es que la reforma con la que responde la burguesía
sea aceptada como una solución.
Toda reivindicación, en tanto que, formulación de una
necesidad humana, es una expresión formalizada de algo que
justamente no tiene forma, es la expresión en un momento
dado de intereses que por su propia naturaleza están en
proceso, es la verbalización de una realidad en movimiento.
La trampa burguesa frente a esta realidad -la ideología que
mejor mantiene la dominación y opresión capitalista- es la
que se ocupa precisamente de presentar la revolución
como algo diferente a la generalización de todas las
reivindicaciones. Según ellos, habría reivindicaciones
políticas, otras económicas, unas serían históricas, las otras
inmediatas. Y de allí que para cada cuestión hay
especialistas que separan todo paquete por paquete:
sindicatos para lo económico, políticos profesionales para
la política, ecologistas para el medioambiente, feministas
para la cuestión de género, artistas para ciertas
expresiones humanas, etc, etc, etc…
En realidad, si las reivindicaciones se pueden encerrar así,
separando lo que humanamente es inseparable, separando las
necesidades humanas inmediatas de la necesidad humana de
revolución, separando la necesidad de resolver algo
económicamente de la de luchar contra los opresores y
explotadores, separando lo que se necesita ahora (por ejemplo
pan o techo) de lo que también se necesitaría ahora (destruir a
los opresores); no es porque la separación esté en la naturaleza
de la cosa misma, sino porque los reformistas transforman las
reivindicaciones en reformas o, lo que es lo mismo: porque los
reformistas tienen más fuerza que los revolucionarios. Es decir,
porque los proletarios se dejan convencer por la burguesía,
porque la contrarrevolución sigue imperando y haciendo pasar
los intereses burgueses como intereses de todos, las reformas
y los progresos del capitalismo como buenos y deseables para
los explotados.

Agregamos unos fragmentos del texto ya citado
de Wildcat “En contra de la democracia” para
aportar algo más a estas afirmaciones:
¡No podemos respetar los derechos de un
policía si le estamos partiendo la cabeza con un
palo! ¡Si el líder de un sindicato trata de dirigir
una reunión y le respondemos gritando hasta
callarlo o arrastrándolo fuera del escenario y
cagándolo a patadas, es absurdo decir que
creemos en la libertad de expresión!. "La
revolución no será televisada", ¡ni monitoreada
por la Amnistía Internacional!. De la misma
manera en que no le concedemos derechos a
nuestros
enemigos,
tampoco
queremos
derechos de su parte. Este es un tema
complicado porque, en práctica, a menudo es
difícil distinguir entre el hecho de demandar
algo y el de demandar el derecho a algo. No
voy a lidiar con cada aspecto de esta cuestión,
sólo voy a hacer algunas aclaraciones tomando
el "derecho a huelga" como ejemplo. En
general, como dijo Hegel, "por cada derecho
hay un deber". Entonces, por ejemplo, tenemos
el derecho a viajar en colectivo y el deber de
pagar por un boleto. El "derecho a huelga"
implica que los trabajadores tienen permitido
abandonar pacíficamente su labor a cambio del
respeto por el orden público y generalmente el
no hacer nada para que la huelga sea efectiva.
¿Qué otra cosa puede significar? Después de
todo, un derecho es algo garantizado por ley.
(…) ¿Qué significa en la práctica la
democratización de una lucha? Significa cosas
como:
1. Mayoritarismo: nada puede concretarse a
menos que lo decida la mayoría.
2. División entre toma de decisiones y acción:
nada puede concretarse hasta que todos
puedan discutirlo. Esto puede verse como
análogo a la separación entre los poderes
ejecutivo y legislativo. ¡No es por coincidencia
que las discusiones entre miembros de
organizaciones democráticas se asemejen a
debates parlamentarios!
3. Afirmación del “no se puede confiar en
nadie”: las estructuras democráticas dan el
“todos contra todos” por sentado y lo
institucionalizan. Los delegados tienen que ser
revocables para que no se dediquen demasiado
a sus agendas personales que, claro está,
todos llevan.
Todos
estos
principios
promueven
la
atomización.