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Ya es hora de dejar de rechazar y temer las
capacidades de los explotados, y también de
señalarnos a nosotros mismos como una masa
necesariamente reformista que sólo puede luchar
por conquistas económicas. Es esta excusa la que
permite que cuando realizamos nuestras demandas, los
profesionales de la revolución corran a traducirlas en
reformas. No se comprende el desarrollo y se lo anula
con la excusa de que “la masa no posee teoría”. A esta
formulación particular que presentan como problema
general, lo resuelven entonces aportando la teoría, es
decir, la conciencia exteriormente: no comprenden a la
clase en sus diversas expresiones y posibilidades, a
nivel reivindicativo, teórico, práctico, con los difusos
límites que estas categorías presentan.
Pero la revolución no es simplemente un asunto de
conciencia entendida de esta manera. Si cabe el
término conciencia, ésta va desarrollándose en la
dinámica de la lucha como algo práctico más que como
una teoría, o -mejor aún- como una actividad que
supera esa falsa dualidad.
Las divisiones entre teoría y práctica, o entre la
actividad manual e intelectual, pueden ser superadas
mediante la exploración en la actividad revolucionaria.
Pero lo serán efectivamente, cuando podamos
señalarlas sin temor como los límites de nuestra época
y no como una condición inmodificable, es decir:
cuando sean relacionadas como expresión formal del
contenido capitalista.
No se trata de buscar ni de temer, sino de asumir
las responsabilidades y las necesidades que la
lucha impone.
[Ver cuadro en página anterior]
Toda acción de revuelta al orden impuesto, toda
reivindicación planteada radicalmente, en fin: todo
deseo de algo distinto a lo que encontramos en el frío
paraíso de las mercancías, es una mirada reveladora
hacia la inmensidad del horizonte revolucionario. Se
trata de la posibilidad radical de llevar la vida a una
plenitud que no significa desperdiciarla en intentar
organizar -jerárquica y autoritariamente- a 7 mil millones
de individuos, sino en establecer las condiciones para
entendernos, tal como lo hacemos a diario con vecinos,
compañeros de trabajo o amigos, pero ya sin mediar
esas diferenciaciones, sin mediar nuestro tiempo
esclavizado, sin mediar las angustias económicas, sin
mediar las urgencias y falsos deseos que nos impone el
consumo.
El rechazo a la democracia, entonces, es doble. Por un
lado, por su imposición jerárquica de clase, que
garantiza el libre curso de la economía en contra de la
libre comunión de humanos en relación con lo que lo
rodea. Por otro, como por el absurdo impuesto que
agota y niega la imaginación del ser humano,
arrojándolo como un recién nacido, desnudo y
desarmado, en las manos de instituciones políticas e
individuos que lo obligan a someterse a lo que ellos
consideran mejor, negando que somos seres sensibles,
apasionados
y
comprensivos,
capaces
de
comunicarnos y manejar herramientas que facilitan
nuestra vida.
Las acciones a llevar a cabo para luchar contra este
mundo son infinitas, contamos con las pistas materiales
que establecen el terreno de nuestra acción, así como
también somos capaces de visualizar a los enemigos
que nos someten.
Reconocemos también que el presente de este mundo
está sometido a la falsedad de este orden que
criticamos, que significa a su vez el imperio de la
mercancía, terreno difuso -casi espiritual- que otorga
una dinámica impalpable a las fuerzas que debemos
enfrentar para una plena emancipación de la
humanidad y con ella del planeta: podemos atacar y
eliminar tal o cual objetivo, pero desconocemos los
procesos que harán que la repetición de nuestras
acciones permitan acomodar dicho poder en nuevas
formas. Pero lo que sí sabemos certeramente, es que
nuestra única ventaja como clase -además de una falsa
expectativa numérica que sólo se tornará real cuando la
lucha se lleve a cabo en una lógica revolucionaria- es la
posesión de la fuerza productiva. Las fuerzas
tradicionales obreristas vieron esa fuerza como un arma
a la cual había que controlar y poseer, sin comprender
aún hoy el suicidio que eso ha significado para el
movimiento
revolucionario
de
nuestra
clase,
apropiarnos de los que nos apropia nos hace
propietarios de las condiciones de nuestra miseria,
no nos libera de ella: nos anula como movimiento
revolucionario.
Así como el esfuerzo de sumar militantes a una
representación ideológica (llámese partido, tendencia,
organización ciudadana, etc.) solo garantiza la
acumulación y uniformidad de inquietudes, el esfuerzo
de precisar las condiciones en las que actúa la
sociedad presente nunca ha sido suficiente para hacer
del desprecio por lo que nos oprime una fuerza
revolucionaria.
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