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LA LEY Y EL ORDEN
“¿Qué importa que los poderosos juzguen a los débiles según su capricho, o según
la ley, que es el capricho de los poderosos de ayer?”
Rafael Barrett, “Jueces”
No es sorprendente como mediante el lenguaje se normalizan, haciéndose pasar por
naturales, cuestiones meramente políticas que benefician a la burguesía. Quizás sea
por eso que damos tanta importancia a la cuestión terminológica, no para escribir un
buen diccionario revolucionario, sino para poner de manifiesto que el terreno del
lenguaje es otro campo donde se desarrolla la lucha de clases. El no asumir
nuestra práctica a nivel de consignas y conceptos, a la larga facilita el
debilitamiento, la confusión y la recuperación. Aquí un ejemplo, extraído del libro
“El anarquismo frente al derecho” realizado por el Grupo de estudio sobre el
anarquismo, que antes citábamos:
Según Bakunin, usamos las palabras “ley” y “autoridad” de manera insidiosamente
ambigua. En un sentido estricto, llamamos “leyes” a la causalidad universal (leyes
científicas que constatan regularidades). Uno puede hacer cualquier cosa con la
realidad, menos impedir sus efectos.
Esas “leyes” (biológicas, sociológicas, etc.) que determinan el comportamiento
humano no son externas al hombre; son inmanentes al hombre en tanto ser
material; constituyen al mismo hombre, son el Hombre.
Pero en otro sentido usamos “ley” para referirnos al mandato bajo amenaza de un
castigo proveniente de una “autoridad” externa, un “legislador” artificial (dios o el
Estado, que no son más que ficciones que encubren la autoridad arbitraria de otros
hombres que imponen su voluntad al resto). Ésta es la esfera del “derecho jurídico”
(positivo), opuesto siempre, cualquiera sea su contenido, al “derecho natural o
humano”
De esta manera toda ley burguesa se presenta ante nosotros tan inalterable como la
ley de la gravedad, a las cuales se podrá burlar o “hacer la trampa” pero jamás hacer
desaparecer.
A esto vale la pena recordar a Rafael Barrett en otro de sus artículos, titulado “Los
jueces” donde señala que la ley se establece para conservar y robustecer las
posiciones de la minoría dominante. Así, en los tiempos presentes, en que el
arma de la minoría es el dinero, el objeto principal de las leyes consiste en mantener
inalterables la riqueza del rico y la pobreza del pobre. La idea de justicia que
favorece al poderoso, habría de parecerle muy justa a éste e injusta al humilde. Sin
embargo, nace la idea en sentido contrario: el poderoso encuentra la ley todavía
estrecha a su deseo, ya que él mismo la dictó y es capaz de hacer otras nuevas, y el
desposeído, lamentablemente, se conformaría con que la ley se cumpliera como se
dice y no como se hace.
Ese es nuestro triste y paradójico mundo.
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