cuadernosdenegacion5 democracia.PDF


Vista previa del archivo PDF cuadernosdenegacion5-democracia.pdf


Página 1...13 14 15161724

Vista previa de texto


Nota de Cuadernos de Negación: La sociedad capitalista ya está lo suficientemente quebrada desde el momento en
que existen en su seno dos clases antagónicas, irreconciliables: una cosa no es consecuencia de la otra. El
quebrantamiento social no es un “mal” que comenzó a suceder en un momento de “exceso” del capitalismo, es parte
estructural de él. Por convicción demócrata o por pereza reflexiva se gusta de referirse a esto como “desintegración
social”, pero en realidad se está hablando de la pérdida del ideal burgués de paz social, es decir: cuando una gran
masa de proletarios está tan marginada de la vida social que comienza a inquietarse, a ponerse molesta, revoltosa;
con o sin expectativas necesariamente revolucionarias, reivindicando o no sus necesidades más inmediatas.
Lo asombroso es, entonces, que no exista una cantidad mayor aún de crímenes en estas condiciones de inequidad.
Desde este punto de vista, no debemos sorprendernos del crecimiento de la criminalidad, sino asombrarnos de que
aún queden visos de humanidad entre nosotros.

La pena
“Si se me preguntara: ¿Qué podría hacerse para mejorar el régimen penitenciario? ¡Nada!
respondería- porque no es posible mejorar una prisión. Salvo algunas pequeñas mejoras sin
importancia, no hay absolutamente nada que hacer sino demolerlas.”
Piotr Kropotkin, “Las prisiones”

Preguntarnos acerca de la naturaleza o del carácter de la pena puede conducirnos a múltiples conclusiones. Lo cierto
es que, con respecto a este tema, una de las cuestiones mayormente debatidas ha sido la de la efectividad de la pena
privativa de libertad y, consecuentemente, la de la entidad de la prisión. ¿Es la pena un mecanismo que intenta
“reformar”, “educar” al delincuente, o su objetivo es el de castigarlo?
Es sabido que Michel Foucault, en su obra Vigilar y castigar, aborda exhaustivamente la transformación -que tiene
lugar en los siglos XVIII y XIX- de la prisión en términos de humanización del sistema punitivo. La prisión adquiere una
centralidad única en el escenario del derecho penal moderno y se presenta como la gran solución para el delito.
El anarquismo, y puntualmente Kropotkin en su obra Las prisiones, aborda el tema de la prisión desde una mirada
descriptiva crítica. Como se mencionó en el inicio, Kropotkin teoriza sobre el sistema carcelario europeo, mirando
especialmente el régimen carcelario francés, el mismo que casi un siglo después Foucault analizaría en sus conocidas
reflexiones. La prisión, para Kropotkin, no puede ser nunca una instancia superadora del delito, ya que la prisión no
“educa” sino en la criminalidad y genera reincidencia:
“El hombre que ha estado en la cárcel, volverá a ella. Cierto, inevitable es esto; las cifras lo demuestran.
Los informes anuales de la administración de justicia criminal en Francia nos dicen que la mitad
próximamente de los hombres juzgados por el Tribunal Supremo y las dos quintas partes de los
sentenciados por la policía correccional, fueron educados en la cárcel, en el presidio; éstos son los
reincidentes. (…). He ahí lo que se consigue con las prisiones. Pero no es esto todo. El hecho por el
cual un hombre vuelve a la cárcel, es siempre más grave que el que cometiera la primera vez. Todos
los escritores criminalistas están de acuerdo en esto”.
Piotr Kropotkin, “Las prisiones”

Para este autor, la prisión no sólo aniquila todas las cualidades y capacidades que hacen posible que el hombre viva
en sociedad. La prisión deshumaniza, en la medida en que quita sociabilidad al hombre. (…)
Es por todo esto que la prisión no logra impedir que se reproduzcan los actos antisociales, sino que lo que hace es
reproducirlos, favorecer su aparición. En consecuencia, las reformas no tienen sentido. Cualquier reforma al sistema
carcelario, por más importante que sea, sólo reproduciría un sistema que está viciado desde su misma concepción.
La prisión, también encarna un mecanismo de economía de la violencia. La prisión moderna, comos señala
oportunamente Foucault, basa su pretendida efectividad en el control y la vigilancia, más que en el castigo corporal
sistemático. Kropotkin mismo sostiene que el ideal de las prisiones sería un millar de autómatas levantándose y
trabajando, comiendo y acostándose por medio de corrientes eléctricas producidas por un solo guardián.
La funcionalidad de la prisión es también la de controlar a una determinada clase social, distribuyendo el castigo entre
quienes deben ser controlados. Se toleran ciertas acciones y se penalizan otras. Foucault (en “Vigilar y castigar”) lo
describe con precisión cuando dice:
“Sería preciso entonces suponer que la prisión y de alguna manera
general los castigos, no están destinados a suprimir las infracciones;
sino más bien a distinguirlas, a distribuirlas, a utilizarlas (…). La
penalidad sería entonces una manera de administrar los ilegalismos,
de trazar límites de tolerancia, de dar cierto campo de libertad a
algunos, y hacer presión sobre otros, de excluir a una parte y hacer útil
a otra; de neutralizar a éstos, de sacar provecho de aquéllos. (…) Y si
se puede hablar de una justicia de clase no es sólo porque la ley
misma o la manera de aplicarla sirvan intereses de una clase, es porque toda la gestión diferencial de los ilegalismos por la mediación de la
penalidad forma parte de esos mecanismos de dominación”.
13