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Columna de sarcasmos e ironías:

La industria del control del delito
"El filósofo produce ideas, el poeta poemas, el cura sermones, el
profesor compendios, etc. El delincuente produce delitos. Fijémonos
un poco más de cerca en la conexión que existe entre esta última
rama de producción y el conjunto de la sociedad, y ello nos ayudará
a sobreponernos a muchos prejuicios. El delincuente no produce
solamente delitos: produce, además, el derecho penal y, con ello, al
mismo tiempo, al profesor encargado de sustentar cursos sobre esta
materia y, además, el inevitable compendio en que este mismo
profesor lanza al mercado sus lecciones como una “mercancía”. [...]
El delincuente produce, asimismo, toda la policía y la administración
de justicia penal: esbirros, jueces, verdugos, jurados, etc., y, a su
vez, todas estas diferentes ramas de industria que representan otras
tantas categorías de la división social del trabajo; desarrollan
diferentes capacidades del espíritu humano, crean nuevas
necesidades y nuevos modos de satisfacerlas. Solamente la tortura
ha dado pie a los más ingeniosos inventos mecánicos y ocupa, en la
producción de sus instrumentos, a gran número de honrados
artesanos.

La delincuencia tiene una cierta utilidad
económico-política en las sociedades que
conocernos: 1) Cuanto más delincuentes
existan, más crímenes existirán; cuanto más
crímenes hayan, más miedo tendrá la
población y cuanto más miedo en la
población, más aceptable y deseable se
vuelve el sistema de control policial. La
existencia de ese pequeño peligro interno
permanente es una de las condiciones de
aceptabilidad de ese sistema de control, lo
que explica por qué en los periódicos, en la
radio, en la televisión, en todos los países del
mundo sin ninguna excepción, se concede
tanto espacio a la criminalidad como si se
tratase de una novedad cada nuevo día.
Desde 1830 en todos los países del mundo
se desarrollaron campañas sobre el tema del
crecimiento de la delincuencia, hecho que
nunca ha sido probado. (...) La delincuencia
posee también una utilidad económica; vean
la cantidad de tráficos perfectamente
lucrativos e inscriptos en el lucro capitalista
que pasan por la delincuencia: la prostitución;
tiene por función canalizar el lucro para
circuitos económicos tales como la hotelería
de personas que tienen cuentas en bancos
(...) El tráfico de armas, el tráfico de drogas,
en suma, toda una serie de tráficos que por
una u otra razón no pueden ser legal y
directamente realizados en la sociedad
pueden serlo por la delincuencia, que los
asegura. Si agregamos a eso el hecho de
que la delincuencia sirve masivamente a toda
una serie de alteraciones políticas tales como
romper huelgas, infiltrar sindicatos obreros,
servir de mano de obra y guardaespaldas de
los jefes de partidos políticos.

El delincuente produce una impresión, unas veces moral, otras
veces trágica, según los casos, prestando con ello un “servicio” al
movimiento de los sentimientos morales y estéticos del público. No
sólo produce manuales de derecho penal, códigos penales y, por lo
tanto, legisladores que se ocupan de los delitos y las penas; produce
también arte, literatura, novelas e incluso tragedias, como lo
demuestran no sólo La culpa de Müllner o Los bandidos de Schiller,
sino incluso el Edipo de Sófocles y Ricardo III de Shakespeare. El
delincuente rompe la monotonía y el aplomo cotidiano de la vida
burguesa. La preserva así del estancamiento y, provoca esa tensión
y ese desasosiego sin los que hasta el acicate de la competencia se
embotaría. Impulsa con ello las fuerzas productivas. El crimen
descarga el mercado del trabajo de una parte de la superpoblación
sobrante, reduciendo así la competencia entre los trabajadores y
poniendo coto hasta cierto punto a la baja del salario, y, al mismo
tiempo, la lucha contra la delincuencia absorbe a otra parte de la
misma población. Por todas estas razones, el delincuente actúa
como una de esas “compensaciones” naturales que contribuyen a
restablecer el equilibrio adecuado y abren toda una perspectiva de
ramas útiles de trabajo.
Podríamos poner de relieve hasta en sus últimos detalles el modo
como el delincuente influye en el desarrollo de la productividad. Los
cerrajeros jamás habrían podido alcanzar su actual perfección si no
hubiese ladrones. Y la fabricación de billetes de banco no habría
llegado nunca a su actual refinamiento a no ser por los falsificadores
de moneda. El microscopio no habría encontrado acceso a los
negocios comerciales corrientes si no le hubiera abierto el camino el
fraude comercial. Y la química práctica debiera estarle tan
agradecida a las adulteraciones de mercancías y al intento de
descubrirlas como al honrado celo por aumentar la productividad.
El delito, con los nuevos recursos que cada día se descubren para
atentar contra la propiedad, obliga a descubrir a cada paso nuevos
medios de defensa y se revela, así, tan productivo como las
huelgas, en lo tocante a la invención de máquinas. Y, abandonando
ahora el campo del delito privado, ¿acaso, sin los delitos nacionales,
habría llegado a crearse nunca el mercado mundial? Más aún,
¿existirían siquiera naciones?
Karl Marx, “Historia crítica de la teoría de la plusvalía”
Extraído del blog: www.punkfreejazzdub.blogspot.com

Michel Foucault, “Las redes del poder”
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