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Sistema penitenciario
El sistema carcelario moderno es una de las muestras más ejemplificativas
del “progreso” de este mundo. Nos asustamos de la tortura en los -ya
extintos- centros clandestinos de detención de las dictaduras cívicomilitares, de los brutales castigos de la edad media, sin embargo en
las ciudades que habitamos existen cárceles donde se encierra, se
tortura física y psicológicamente. Aún cuando es un secreto a voces
que el sistema carcelario no reintegra como es deseado ciudadanamente
al sector productivo, ni a la normalidad democrática. El sistema carcelario
aísla, aísla al encerrar y devuelve a la calle a terminar su pena a un
ciudadano aún mas aislado que quienes ya se encuentran en ella.
Las cárceles sólo sirven para atemorizar y castigar. El infierno carcelario
hace sentir menos terrible la vida fuera de él: se pensará dos veces antes
de robar, matar, o salir de la norma.
Suponiendo que ese fuese su propósito, más allá de la mayor o menor
efectividad con la que lo cumpla, la cárcel intenta solucionar
individualmente un problema que es de carácter social. Esto vale la
pena aclararlo para generar un antídoto a las luchas por las mejoras y
reformas del sistema carcelario como objetivo final.
Esta sociedad, con sus relaciones mediatizadas y sus instituciones, es la
que genera aquí y allá lo que suele llamarse delincuencia, y esta es una
responsabilidad social que no se soluciona asistiendo a cada persona
individualmente, porque hasta pudiendo solucionar el problema de una
persona particular, de esta sociedad seguirán emergiendo “delincuentes”
en el mismo instante.
En este mundo verdaderamente invertido, la no-participación se asume
como participación, y la verdadera participación y responsabilidad
inherentes a la vida social no son asumidas. Cuando gana un partido la
selección nacional de fútbol “ganamos todos”, pero cuando una persona
delinque es simplemente su responsabilidad: hasta en los análisis “más
pensantes”, a lo máximo que se llega es a intentar encontrar los motivos
en los allegados directos o la historia personal del que ha delinquido.
Y aquellos progresistas, bien o mal intencionados, cuando llegan a percibir
el problema como social exponen su solución: “trabajo para todos”, cuando
en realidad es el sistema de trabajo asalariado el corazón de esta
sociedad antagónica que, en mayor o menor medida, seguirá generando
cárceles y mas cárceles.
Podremos entonces reducir el problema, y hacer menos terribles a las
cárceles, pero su existencia es inevitable en una sociedad con estas
características.
La lucha contra las cárceles es inseparable de la lucha contra el
Capital.
Nada garantiza que sin capitalismo exista la violencia pasional, pero en un
mundo invertido como éste, la acción represiva restringe todo delito a la
esfera de intereses de la burguesía, sin interesarse en resolver tales
dilemas. En una sociedad sin necesidad de delitos producidos por el
mismo sistema social es asunto de la misma comunidad humana hacerse
cargo de sus conflictos ¿Acaso el temor a ser protagonistas de
nuestros propios conflictos basta para descansar bajo el dominio
monstruoso y perturbador del castigo?
La sociedad capitalista ha encontrado sus maneras de reformar las
cárceles, comprendiendo su mal funcionamiento hasta al interior de sus
propias concepciones ideológicas: existen cárceles modelo donde se
recluye voluntariamente a la familia junto al preso y cárceles privatizadas
donde una empresa se hace cargo de la inversión de construcción y
mantenimiento, y el Estado de su custodia y vigilancia. Allí los presos
trabajan al interior de estas fábricas-cárcel produciendo para la empresa
en cuestión con un sueldo hasta tres veces más bajo que los trabajadores
que están afuera. Sueldos bajos, control casi total, abultados subsidios
estatales, dentro de una publicidad de buenas intenciones sociales… un
negocio capitalista casi perfecto.
