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“Pero si los proletarios no saben más que divertirse en manifestaciones callejeras,
plantando “árboles de la libertad”, escuchando discursos de abogados, ya se sabe la
suerte que les espera: primero el agua bendita, después los insultos, y por último, la
metralla. La miseria siempre.”
Auguste Blanqui, "Quien tiene el hierro tiene el pan"

EL ESTADO Y SU APARATO REPRESIVO
Es importante señalar que en este apartado haremos referencia a los modos más groseros de represión estatal, pero
que de ninguna manera pensamos que estos son los únicos mecanismos existentes para mantenernos a raya. Puede
sonar delirante señalar como represivo al trabajo asalariado, la escolaridad, la religión, o hasta diversas formas de
relaciones inter-personales (de pareja, familiares o de amistad) pero es esta liviandad para tratar la realidad, la que no
permite verificar la gravedad de los hechos para poder reflexionar sobre ellos y cambiarlos. Como en la mayoría de los
casos, el maldito “sentido común” de la democracia hace pasar como inaceptable solo el exceso de una
situación que ha naturalizado, aunque ese pretendido “exceso” no es más que la consecuencia lógica de un sistema
de vida. Lo que llamamos comúnmente represión, no es más que el último recurso de la aplicación de un mecanismo
cotidiano que, al haber fallado en su modo sutil, se muestra brutal respecto a nuestro actual sistema de valores.
Llegará el día en que nos horroricemos de la disciplina de las escuelas y los trabajos, de las cárceles y los
psiquiátricos, de la familia y las tradiciones, de los espacios urbanizados y vigilados, de las religiones y las ideologías,
del arte y el entretenimiento: entonces, desearemos abolir toda fuerza represiva.
Desatada la represión ilegal o semi-legal, muchas
personas suelen horrorizarse con lo ocurrido y buscan
desesperadamente atacarla, denunciándola, solicitando
que no vuelva a suceder. Lo extraño no es horrorizarse,
sino no atacar el sistema que la permite y alienta. La
represión no puede simplemente dejar de existir al
interior de un mundo de opresores y oprimidos. No es el
capricho de tal o cual gobernante o policía, sino parte
del plan sistemático y necesario de la burguesía para
reprimir a nuestra clase6. Un mundo en el que los
medios de reproducción de la vida son propiedad de
una minoría, requiere una represión sin piedad contra
todos, una represión que castiga a quien se atreve y
que disciplina a quien podría atreverse.
En el año 2009 Correpi (Coordinadora Contra la
Represión Policial e Institucional) presentó el archivo
anual de casos de personas asesinadas por la fuerzas
de seguridad del Estado7, y señalaba que en la
Argentina democrática, una vez finalizado el trabajo
encomendado a los responsables militares y civiles de
la última dictadura, la represión cambió de forma
para adaptarse a las necesidades del nuevo sistema
político. A partir de 1983, ya no se reprimiría tanto en
forma abierta y selectiva, sino silenciosamente, con
masividad y sin repercusión pública. La Junta Militar
cumplió con la tarea, iniciada años antes, de aniquilar la
resistencia de trabajadores organizados altamente
combativos, de organizaciones sociales y de grupos
En este sentido, es importante subrayar que la represión es
estatal porque el Estado es la principal herramienta de la
burguesía para el fin de reprimir, pero cuando es necesario
mantener a raya a los oprimidos, están a mano las fuerzas
paralelas al Estado, la “seguridad privada” o las patotas
integradas por sindicalistas, barras bravas o simples
traidores a su clase.

políticos armados. Reemplazados los gobiernos
militares, cobró central importancia esta “represión
preventiva” cuyo objetivo es disciplinar a la clase
de cuyo seno surgen la resistencia y la
confrontación. Así, los gobiernos que administran el
Estado argentino tratan de garantizar que Nunca Más8
el sistema de explotación capitalista sea cuestionado
seriamente en el país. Qué mejor, para alcanzar ese fin,
que atemorizar por medio de castigos ejemplares
aplicados cotidianamente, potenciados por un alto
grado de naturalización hacia el interior de un sector en
particular de la clase reprimida, y de invisibilización
hacia afuera.
La pertenencia a las partes más empobrecidas
económicamente de la clase proletaria es la regla casi
absoluta, al punto que los pocos casos registrados de
víctimas que exceden a esta categorización afecta a
quienes estaban en el lugar, con la ropa o el aspecto
“equivocados”. El análisis del componente etario
permite, por otra parte, ratificar que los jóvenes son el
blanco favorito de esa política preventiva. Los jóvenes
son el sector con mayor potencialidad de rebeldía (y en
especial, son los más propensos a tomar de la manera
que sea necesaria aquello que necesitan o aquello que
se los incita a consumir, aún cuando a su vez se les
niegan los medios para hacerlo) y, por ende, quienes
primero y más profundamente deben ser disciplinados.
Más de la mitad de las muertes corresponde a la franja
de varones pobres de menos de 25 años, y el 30,50%
del total tenían 21 años o menos.

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Disponible completo en: http://correpi.lahaine.org/?p=936.
Se ha modificado levemente el texto original en esta
publicación.

La distribución territorial de los casos ratifica que el
gatillo fácil y la tortura no son patrimonio de una
“Nunca Más” es el nombre de un significativo libro editado
por la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición
de Personas) Se trata de un conjunto de investigaciones,
informes y testimonios sobre la desaparición y tortura de
personas en la dictadura cívico-militar formalizada en el año
1976 en Argentina.

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