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Es al comprender al Estado de forma histórica y social
que comprendemos que su destrucción no puede ser
instantánea, que sólo se podría destruir el Estado de
la noche a la mañana si éste no tuviese su raíz
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enterrada en el terreno de lo social.
Esto, que algunos no han comprendido por falta de
reflexión, otros lo han intentado “comprender” a su
manera para perpetuar la sociedad mercantil
generalizada llamándole “periodo de transición”.
¿Transición a qué? Deberíamos preguntarnos, si lo
fundamental sigue sin siquiera ser molestado: la
producción para el intercambio bajo un gobierno de uno
u otro color. Porque justamente, lo que se quiere es
asegurar la transición no hacia el comunismo, sino
un mayor desarrollo del capitalismo y del poder
político. Las finalidades de aquellos períodos de
transición que se nos vienen a la cabeza al recordar
aquel término (Rusia, Cuba, China), no fueron
desviaciones o errores, sino que fueron justamente
golpes al proletariado, bajo el nombre del comunismo y
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la libertad.
No fueron traiciones de los líderes o problemas en
las formas de organización. Los líderes, los referentes
o las personas sobresalientes en un período de esas
características son un emergente del movimiento social,
si estos hacen o deshacen es por el apoyo, omisión o
escasas fuerza de su clase para oponerse. Es decir:
una clase que, con esos personajes o con otros,
tampoco podrá llegar muy lejos debido a sus
debilidades.
Por otra parte, la cuestión de la crítica a las formas
organizativas como algo fundamental es en realidad un
falso problema. Las formas organizativas van de la
mano y surgen de una necesidad de fondo, de
expresar un contenido. Si el proyecto es el desarrollo
del capitalismo o la toma del poder político, poco y nada
cambia, más que el grado de efectividad con la que se
realiza ese mismo contenido, si esto se organiza en
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asambleas o de forma vertical.
Por eso, cuando hablamos de comunismo o anarquía
no estamos refiriéndonos a quien gestionará el actual
sistema de producción, o quien ocupará las bancas del
gobierno, ni si la bandera que reemplazará a las
banderas de los Estados actuales será de color rojo o
de color negro. No se trata del desarrollo del
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Sin duda, las consignas y los deseos de destruir el Estado
de la noche a la mañana son atractivas, y hasta vistas con
simpatía, en comparación con todas las tendencias
reformistas que sólo quieren mejorar el Estado. Pero más
allá de las proclamas y las consignas poéticas, el
inmediatismo revolucionario es una posición idealista
heredada del pasado, que no tiene en cuenta condición
histórica alguna.
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Y estas fatales experiencias para el proletariado llamadas
“países socialistas”, en vez de desnudar la realidad de su
capitalismo han contribuido al mito de la muerte del
comunismo, o del capitalismo como vencedor histórico.
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Puede ocurrir que movimientos con formas organizativas
idénticas (asamblearismo, lucha armada, línea editorial)
expresen contenidos sociales radicalmente distintos. Pero la
revolución no es un “problema” que se resuelve
encontrando “la forma” organizativa adecuada; por el
contrario, es una cuestión de contenido social real.
(Cuadernos de Negación nro.3: Buscando la raíz de la
“radicalidad”, pag.5)
capitalismo a manos de los trabajadores sentados en
las bancas del gobierno o en su nombre, nos referimos
a la abolición del capitalismo, las bancas del gobierno y
el rol de trabajadores… y todo símbolo que nos reduzca
a un rol pasivo y de servidumbre.
Y mas allá de todas estas cuestiones, hay algo entre
aquella noche y aquella mañana a la cual nos
referíamos, que seguramente sean años. Razón parcial
tenían aquellos primeros nihilistas revolucionarios que
se empeñaban en que debíamos negar esta sociedad,
argumentando que después de nosotros vendrían
generaciones más libres que se desarrollarían en otras
condiciones de vida y que por ello tendrían
seguramente mejores propuestas que las nuestras,
atrofiadas por el peso de la ideología dominante. Claro
que, sin proyecto revolucionario, la destrucción a ciegas
con la esperanza de un futuro mejor no garantiza, ni se
aproxima, a nada más que la lenta e inevitable
reconstrucción de la única forma de vida que
conocemos, si no desarrollamos el cómo construir
otras. Pero volvamos a lo nuestro: esquivar la
cuestión del mal llamado período de transición es
dejarle el momento definitivo a la contrarrevolución,
o seguir luchando a ciegas con las esperanzas que
el estado de cosas se dirija a buen puerto por obra
y gracia de la magia, o los buenos deseos y la
buena voluntad.
"La pasión por la destrucción es también
pasión creativa."
Mijail Bakunin
No se trata de etapas, sino de una realización
múltiple. La abolición del Estado precisa justamente de
nuevas formas de organizarse en sociedad, lo que
incluye la abolición de los aspirantes a reconstruirlo, y
estos aspirantes se desarrollan en las condiciones
capitalistas, condiciones que por lo tanto también deben
ir siendo abolidas, en tanto terreno fértil para la
reconstrucción del viejo mundo.
Y es que la abolición del Estado no es nuestra única
meta, la que nos diferencia del resto, sino que es
consecuencia de pretender abolir el antagonismo de
clase que sufrimos. La necesidad de acabar con el
Estado capitalista es la necesidad de matar al perro
guardián de la burguesía, un perro guardián que en
algunas ocasiones parece tomar cierto grado de libertad
de algunos de sus amos, pero jamás de todos. Su nodestrucción total significa seguir manteniendo un
aspecto de la organización social de la clase capitalista.
En un número anterior de esta publicación
expresábamos “La anarquía no es entonces un montón
de medidas que se tomarán el día después de la
revolución, es lo que hacemos hoy para llegar a los días
de la revolución, o para desenvolvernos mejor en
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situaciones prerrevolucionarias”. Y unos compañeros
nos señalaban que si bien es necesario romper con el
mito de la Revolución como fin separado de nuestra
actividad antagónica cotidiana, también se llega a lo
contrario banalizando que la Revolución es sólo lo que
hacemos cotidianamente. A esto se agregan otros que
aseguran no esperar hasta la Gran Insurrección y viven
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Cuadernos de
¿Anarquía?, pag. 7
Negación
nro.
2:
“¿Comunismo?
