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El viejo discurso fascista del Estado omnipresente es hoy
también una realidad democrática. No existe un “fuera del
estado”, todas nuestras relaciones son atravesadas por él, y no
hay región del mundo que no esté bajo la sombra de un Estado.
Por eso la inevitabilidad de su destrucción: no hay esferas
sociales por fuera del poder estatal, no podemos hacer
abstracción del Estado. Ya no sólo se trata de seguir
reflexionando acerca de qué hace el Estado con nosotros, sino
también de pensar qué haremos nosotros con él.
DESTRUCCION DEL ESTADO
La fuerza del Estado surge desde la sociedad, para luego
situarse por encima de ella. Un ejemplo claro es la relación
entre la policía y la mentalidad policial: las fuerzas policiales, si
bien están dirigidas por la burguesía y en su defensa, están
constituidas mayoritariamente por proletarios traidores a su
clase. Estos incluso cumplen un rol que la sociedad con
mentalidad policial ve como poco digno, aunque siempre
argumentando que “alguien tiene que hacer el trabajo sucio”.
Algo similar sucede con el gobierno, es un secreto a voces que
todos los políticos son mafiosos, mentirosos y están en contra
de los intereses de los trabajadores, sin embargo se vota en
cada elección por el “mal menor” una y otra vez, o hasta se deja
de votar, manteniendo lo mas importante:
el continuar delegando la responsabilidad
sobre la totalidad de nuestras vidas en
diversos
especialistas o pseudoespecialistas, al costo de sacrificarlo
todo, es decir: que otros hagan aquel
trabajo sucio, pero también toda
realización plena como seres humanos
no alienados.
Pero ¿Esto sucede sobre la nada, en el
ámbito de la abstracción total? No, hay
condiciones materiales e ideológicas
que lo hacen posible, y una es
inseparable de la otra. El Estado no es
una entidad, sino una actividad, una
actividad histórica y social. Es el
producto de una sociedad que, al llegar
a cierto estadío de desarrollo y situada
en
un
antagonismo
social
irreconciliable, en el intento de perpetuarse encontró la forma
de continuar y garantizar su existencia conservando,
justamente, ese antagonismo social irreconciliable.
Garantizando también el libre desarrollo del valor, en un
escenario de orden y garantías para su existencia.
El Estado moderno nació con la sociedad de clases, y tiene
que mantener esas condiciones si precisa seguir existiendo.
Esto es lo mismo que decir, entonces, que el Estado
moderno se extinguirá con la sociedad de clases.
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“Nosotros confirmamos solemnemente nuestra doctrina respecto al Estado; confirmo no menos enérgicamente mi fórmula del
discurso en la Scala de Milán: Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado” Benito Mussolini (Discurso de la
Ascensión, 26 de mayo de 1927).
Frase a la cual podríamos agregar la actual falacia democrática, que se avergonzaría de compartir opiniones con aquel histórico
fascista que nos presentan como su enemigo: “Se va hacia nuevas formas de civilización, tanto en política como en economía. El
Estado vuelve por sus derechos y su prestigio como intérprete único y supremo de las necesidades nacionales. El pueblo es el
cuerpo del Estado, y el Estado es el espíritu el pueblo. En la Doctrina Fascista, el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo” (18
de marzo de 1934)
