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local en el cómo producir y el qué producir, que
caracteriza a la sociedad mercantil, no se puede
destruir el capitalismo.
(…)Si los productos no pierden el carácter mercantil, si
el valor de cambio continúa reinando, todas las
atrocidades del capitalismo volverán a reproducirse, y
esa nueva sutilidad del gestionismo se revelará como lo
que es, un arma de la contrarrevolución, de la
reconstitución del capitalismo, no ya contra la
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insurrección sino para después.
Es claro que este nuevo modo de “producir” no puede
ser realizado de la noche a la mañana, pero sí se debe
tender a ello, si verdaderamente se quiere acabar con
el Capital y su dominación.
Por lo tanto, la necesidad de procurar actuar como
fuerza total y centralizada es fundamental (haciendo
referencia mas a los contenidos que a las formas
organizativas). No luchando mediante actos aislados
contra el viejo mundo, ya sea formal o informalmente,
con democracia o sin ella; sino asumiendo la fuerza que
ha adquirido para imponerse al Capital y sus
defensores. Llevando adelante una lucha que suprima
su propio carácter en tanto que asalariados o sea en
tanto que clase; asimismo, siendo total su victoria, se
acaba su imposición y por tanto su carácter de clase.
RELACIONES INTER-PERSONALES AL INTERIOR
DE NUESTRA CLASE EN LUCHA:
Los roles desempeñados al interior de la sociedad
capitalista y cuestiones similares, no sólo no deben sino
que no pueden dejarse “para después de la revolución”.
Esto es imposible. No hay etapas de liberación
creciente o algo por el estilo: una verdadera revolución
es un desarrollo que se manifiesta en todos los
aspectos de la vida de una enorme cantidad de
personas. No hay proceso revolucionario sino se
desarrolla una práctica masiva en relación a la crítica
de la familia, el machismo, la homo y lesbofobia, el
desprecio al extranjero, etc. ¡Porque no hay revolución
posible si estos prejuicios poseen la potencia de la
actualidad!
Ese cuestionamiento, tampoco ha de surgir como
imposición moral o ideológica: la decisión de utilizar o
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no materiales reciclables , por ejemplo, no tiene
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Grupo Comunista Internacionalista, “La contrarrevolución
rusa y el desarrollo del capitalismo".
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Lamentamos si este ejemplo suena a caricatura, pero sin
embargo expresa una de las limitantes mayores para hacer de
la revolución un movimiento real, en lugar de un conjunto de
reglas y mandamientos que, en la medida que las vayamos

sentido si se impone como un deber moral último de
quien se crea “verdaderamente” revolucionario, sino
que tiene que ver más con las relaciones que somos
capaces de establecer con la totalidad de lo que nos
rodea, se trate de otros seres humanos, otros animales,
otros seres vivos, etc.
Es así que comprendemos que el establecimiento de
tareas tradicionales, específicas y estáticas que
debiesen cumplir “los revolucionarios” (por ejemplo la
acción violenta contra los símbolos del poder, la edición
de publicaciones, o la inserción en la base más
marginada de la sociedad) establece una oposición
simbólica a la realidad que se nos impone, sin llegar a
establecer vinculaciones con la decisión colectiva de
enfrentarse a esta sociedad. Es decir, un
enfrentamiento ya no limitado a lo grupuscular o a la
adhesión identitaria, sino verdaderamente social.
Aun así -teniendo claro que la fuerza de la revolución
radica en el movimiento constante y no en
disposiciones pre-establecidas- sabemos que hay
acciones que tienden más hacia la destrucción de lo
existente, y propulsan nuevas posibilidades que afirman
nuestro movimiento. Pero hay que tener en claro, que la
fuerza de un levantamiento no radica en que el
movimiento haya sido alentado por algún sector
especifico que tiene claro el camino a seguir (una
vanguardia) o por el grado de destrucción de locales
comerciales o firmas explotadoras que haya generado.
Tampoco por las olas de ocupaciones de edificios o la
creación de nuevos lenguajes estéticos que promuevan
una contracultura. Y aunque todas estas acciones que
recién apuntamos nos mantengan al mismo tiempo en
el sitial de espectadores contentándonos con el grado
de satisfacción que nos pueden llegar a producir,
también sabemos reconocer muchos de estos actos y
los sentimos parte del florecimiento insurreccional de
nuestra clase como expresión de su fuerza autónoma.
Lo importante aquí, es tener claro que la fuerza de ese
movimiento brilla tanto más en el reconocimiento
colectivo de la lucha que en la satisfacción de nuestros
gustos: cuando el anarquista asume que forma parte
de la misma comunidad de lucha que el inmigrante
junto a él en la barricada, o cuando ambos son
cumpliendo, nos harán progresivamente más libres. Aquellos
que no ven la contraposición entre la solidez de los dogmas y
las tareas impuestas con el movimiento constante que rompe
con el estado de cosas existentes en forma perpetua; aún
siguen pendientes de sus vidas como individuos inmersos en
esta sociedad.
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