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concientes de que la solidaridad de una señora de edad
avanzada se hace complicidad, pese a no tirarle piedras
a la policía y hablar en sus mismos códigos.
Aún, todos estos no dejan de ser aspectos simbólicos al
momento de contemplarlos, pero la sinceridad de la
lucha de alguna manera expresa convicciones: el
simple hecho de saber de qué lado de la barricada
están los “amigos” y los “enemigos”, es tan importante
como tener la voluntad de apertrecharse. Una vez más,
aquí es donde la idea de clase es la única capaz de
expresar esa comunidad humana total en lucha que
impulsa la destrucción de todo cuanto nos niega. Y
volvemos a repetirlo: no como una identidad más, no se
deja de ser anarquista, marxista, punk u obrero para ser
“proletario”, no se trata de otra etiqueta a escoger, sino
de una actividad viva.
DEFENSA
Y
ATAQUE
FRENTE
AL
REAGRUPAMIENTO BURGUÉS:
Una revolución que acabe con las clases sociales,
precisa de la imposición temporal de la clase proletaria
sobre la burguesía. ¿Y por qué hacer hincapié en lo de
temporal? Simple. Para realizar su fin, la burguesía
debe dominar para siempre al proletariado. Este último,
en cambio, debe simplemente imponerse de manera
temporal a la burguesía para concretar su programa
histórico, ya que no necesita oprimir a una clase para
subsistir, sino que precisa abolir las clases, autosuprimirse como clase y para ello debe no sólo
defenderse sino atacar toda tentativa de reconstrucción
de esta sociedad. Aquí también radica aquella pasión
dialéctica destructora/constructora a la que se refería
Bakunin
La propia toma de los medios de producción y de
distribución ya desvía los propios mecanismos de
valorización del capital. Pero se debe rechazar toda
tentativa gestionista que intenta superar al
capitalismo por "absorción" y no por ruptura. Se
debe impedir la dispersión localista, la ilusión
gestionista, el federalismo democrático y el
intercambio entre unidades de producción
independientes (fuente del trabajo privado opuesto
al social y por lo tanto de la reorganización
mercantil).
Las llamadas a “cambiar el mundo sin tomar el poder”,
nos dicen en realidad que no debemos destruir el poder
burgués. Pero no puede el proletariado deponer las
armas
esperando que
la burguesía
desista
racionalmente de su posición de poder. Como así
tampoco debe tomar el Estado burgués como si fuese
una herramienta neutra para tomar las medidas
necesarias, constituyendo así otra vez un órgano de
dominación perpetuo. Si la finalidad del proletariado,
constituido en clase y en fuerza, apunta a acabar
con el sistema capitalista, su potencia apuntará en
esa dirección, extendiéndose y extinguiéndose
entonces en su mismo desarrollo. Nuestra clase
constituida en fuerza se extinguirá en su desarrollo y
extensión porque se irá extinguiendo en el mismo
proceso de liquidación del Capital, quien únicamente
puede producir y re-producir la clase proletaria. Y que
guarda estrecha relación con el Estado burgués, Estado
que no se extinguirá jamás por sí mismo, y que por ello
es necesario destruir, conjuntamente con la dictadura

mercantil y democrática de la cual emerge y se
reproduce.
Entonces, quienes aseguran que en aquella posición
el proletariado se acomodará para siempre en el
poder, aseguran por ende que: el ser humano
domina a sus iguales por naturaleza, olvidando que
es un ser social e histórico, y por lo tanto no
cristalizado. Quienes argumentan la agresividad
incontrolable y necesidad de dominio como inherentes
al ser humano, hablan entonces de una sociedad de
clases que es casi biológica, propia de nuestra especie.
Nos dicen, de alguna manera, que deberíamos vivir
reprimiendo ese supuesto impulso natural de dominar al
resto, y crear situaciones que no permitan ello, lo que
significa de uno u otro modo, afirmar que la necesidad
de la existencia del Estado es incuestionable. Son los
mismos que repiten aquella ponderada frase
hobbesiana
-concebida,
casualmente,
como
justificación de un gobierno monárquico de poder
absoluto- que reza “el hombre es un lobo para el
hombre”. Según esta visión, en pos de salir de este
constante estado de “guerra de todos contra todos”, los
hombres tienen sólo una salida: ceder la completud de
sus derechos –y con ellos, lo sabemos, la potestad
sobre el manejo de su propia vida- en favor de un
tercero, surgido de este contrato: justamente, el Estado,
el Leviatán.

Sin duda estas pocas páginas respecto del Estado no
solucionan nada, pero sí esperamos sean un aporte
para comenzar a reflexionar sobre el tema, y acabar así
con los mitos y la fraseología revolucionaria vacía que
se continua rebuznando, ya sea por tradición o
búsqueda de una identidad.
La destrucción del Estado, significa la destrucción
de una sociedad que “necesita” de la existencia
Estado. Suponer cómo sería el mundo actual si no
existiese su Estado, sigue siendo pensar a la revolución
como el asalto de una minoría al parlamento, o como un
partido político que gana las elecciones y debe hacerse
cargo de la situación que le tocó en suerte. Es decir: es
negar la posibilidad de una revolución en tanto que
acción masiva de destrucción y construcción
total… El hecho revolucionario está determinado por la
actividad radical del proletariado, y no por la radicalidad
y la actividad que sus grupúsculos más “avanzados”
hubiesen impuesto al resto de la sociedad. Es decir,
parte de la necesidad social de los explotados (o su
gran mayoría), y no de la necesidad abstracta y
militante de los grupos.
Por ello, mas allá del consignismo vacío, de la miseria
de la poesía con cáscara política, de la
contrainformación, en definitiva: de las cantidades de
tinta o kilobytes gastados, preferimos hacer un texto
donde se arriesga algo en lugar de seguir repitiendo
una y otra vez las mismas palabras “acreditadas como
válidas” en los círculos revolucionarios, o los autores
identificados con ellas, a riesgo también de
equivocarnos.
Volvemos a afirmarlo: el desafío es nuestro, es de todos
quienes realmente tengan necesidad y ánimos de
cambiar este mundo.
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