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Los restos del insurgente Pedro Moreno están depositados en
la columna de la Independencia, a pocas cuadras de aquí, de la
comunidad de inhaladores conocida como Pedro Moreno por
estar en la esquina de esta calle con Paseo de la Reforma, la avenida más bonita de México.
Los activos de Pedro Moreno vivían antes en el camellón del
monumento a Simón Bolívar, lugar que desalojaron hace pocos
meses para quedar un poco más alejados, pero aún a menos de
100 metros de un complejo de dependencias de la Procuraduría
General de la República.
Según las estadísticas del gobierno capitalino, en la ciudad
existen 4 mil 500 personas en situación de calle. La oficina de la
ONU dedicada a la infancia estima que al menos son el doble,
aunque su registro incluye a trabajadores de crucero y a las mujeres mendicantes de origen indígena conocidas como Marías.
Las encuestas de la Secretaría de Salud calculan que medio millón de mexicanos han inhalado solventes al menos una
vez en su vida. En Pedro Moreno viven entre 80 y 120 personas,
aunque no siempre las mismas. Es una plazuela de unos 150
metros cuadrados en cuyas paredes luce un desgastado mural
llamado Epopeya de los Sismos. Ahí dentro se aprietan alrededor de 20 viviendas de plástico, madera, lona y cartón.
En el centro de ese espacio, sus habitantes y visitas de confianza se reúnen para ver o al menos sentarse frente a una televisión rara vez apagada. Tienen un reproductor de DVD, un
sistema de sonido que ya tiene hartos a los vecinos y un altar
dedicado a San Judas Tadeo y a la Santa Muerte, confeccionada
con papel maché negro y a la que le ofrendan cigarros, aguardiente y marihuana. “Ni la Santa cae en el vicio del activo”, comenta un visitante frecuente.
La comunidad es liderada por El Bibis, “el mero bueno del
activo”; los galanes hermanos Maya, a cuya leyenda se le añade
que vendieron una casa con el único fin de garantizar una cómoda vida en la calle, y el irónico Tío Martín.
Ellos deciden quién vive en el interior del parquecito ocupado. También funcionan como representantes ante las autoridades.
Hace semanas, decidieron, en acuerdo con el gobierno, la
mudanza de todo el clan asentado bajo la escultura ecuestre de
Bolívar a la plazoleta de Pedro Moreno. A principios de julio pasado, el gobierno de la ciudad quería el sitio despejado porque
la embajada de Venezuela colocaría una ofrenda al libertador
sudamericano, así que autoridades y monosos negociaron.

El Instituto de Asistencia e Integración Social del DF se
comprometió a dotar a cada uno de los adictos con tres alimentos diarios –algunas organizaciones se opusieron con el argumento de que la entrega gratuita de comida promueve la vida en
la calle y el aumento en el consumo de drogas– y sanitarios de
cabina, que además limpia y mantiene.
A su vez, hombres, mujeres y niños de la calle aceptaron
no monear en la vía pública, al menos no en la inmediata a su
tinglado; mantener aseada la zona; no dirimir sus diferencias
internas con violencia y no defecar en la calle.
Por supuesto, nada de lo anterior es cumplido a cabalidad.
Los gobernados por El Bibis –que no vive en Pedro Moreno,
sino sólo manda y vende líquido, son limpiaparabrisas, faquires, charoleros o taloneros –pedigüeños– y puesteros, empleados ocasionales de los comerciantes ambulantes.
También existen lideresas. Una es Berenice: cuida que no
haya hurtos y realiza otras tareas de vigilancia interna, lo que
no impidió el reciente asesinato a cuchilladas de su novio Allan
–tocayo del joven que murió en Francisco Zarco.
Otra es Katia, famosa por ser una de las primeras quinceañeras del programa social de Marcelo Ebrard dirigido a adolescentes. Katia intenta proteger a las niñas del grupo, casi todas
prostitutas en la misma zona. Pronto tendrá un hijo con El Pato,
quien antes engendrara otro con Guadalupe, al que llamaron
–no apodaron– Ávatar. Todos viven ahí.
Y Mamá Hulk: mujer cercana a sus 50 y custodia del mundo
exterior a la comunidad. Es callada, particularmente aseada y
recelosa. Son pocas las personas de su edad en este mundo. La
otra señora que por ahí deambula lleva a sus hijos a la secundaria y mientras éstos toman clases, ella visita a los de Pedro
Moreno.
También permanecen varios niños, los más pequeños de
menos de cinco años.

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El Mono no ha inhalado nada durante la mañana que se escurre
hacia el mediodía de Francisco Zarco.
Su vida en números: pasó los últimos seis o 16 años en el
Reclusorio Norte por delitos contra la salud u homicidio. No
tiene claro ni el tiempo ni los delitos. El Mono ya pasó de los 40
y hace tres semanas le impidieron el paso a la sociedad de Pedro
Moreno, fundada por el propio Mono cuando toda la cofradía
de monosos hizo suya la plaza de Zarco.
–Usté ya fue, pero ya no es, así que mejor ábrase a la chingada –advirtió una voz anónima. El Mono ofreció resistencia,
pero sólo consiguió que lo apalearan. Debió retirarse, como una
animal macho defenestrado, a Zarco.
–¿Cómo era hace 20 años?
–Toda la banda, toda la banda se juntaba y se armaba
el refuego y entonces chemeábamos –respiraban pegamento rico en tolueno– y murieron unos valedores y... ¿qué me
preguntaste?
Además de en la prisión, El Mono ha vivido internado en
granjas para adictos, de donde ha entrado y salido unas 19 veces. Así que conoce bien la vida dentro de los anexos.
En alguno de éstos –la anécdota es conocida por más de
uno–, un hombre murió durante la abstinencia. Pero en la
granja había quedado claro que no había aprendido la lección: “¡Ándele, hijo de su pinche madre, a ver si ahora es muy
pinche autosuficiente!”, retaban al cadáver tendido a medio
sala.
–¿Se le quita a uno lo activo?
–Nunca. No. Jamás –responde, convencido, El Mono.

| EMEEQUIS | 08 de octubre de 2012

–No hacen nada porque dicen que soy sexoservidora y que
ando de ofrecida.
La niña estira la mano y alguien le alcanza una botellita de
200 mililitros. La abre y respira de ella. Fragmentados, los recuerdos se mezclan entre sí; pronto, su memoria sólo alcanza
dos segundos del pasado.
–Sí, está embarazada y sí, es prostituta. Y sí, siempre hay
cabrones que violan a las chavitas –dice El Mumrra, un hombre
de 47 años que parece de 60 y quien ha seguido la conversación
con atención. Es más bebedor de aguardiente que monoso. Su
boca tiene más espacios vacíos que dientes.
–¿Ha participado usted en alguna violación?
–¡No, no, no! Yo sólo he visto... yo no soy violador.
–¿Qué es usted, Mumrra?
–Yo, yo... ¡Yo soy un niño de la calle! –llora.
A las tres horas, El Güero y El Faquir aparecen; “regresaron”
de Acapulco.
Esa misma noche, Allan muere.

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