Los zombies del activo.pdf


Vista previa del archivo PDF los-zombies-del-activo.pdf


Página 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

Vista previa de texto


La joven se levanta sobre sus tacones con plataforma y camina con pasitos rápidos y apretados hacia su esquina, a unos
cuantos metros de la Subprocuraduría de Derechos Humanos y
Atención a Víctimas del Delito de la PGR.

¥

El vendedor habla con la condición de no ser identificado por su
nombre ni ubicado con precisión en su colonia, la Guerrero. Así
que simplemente será llamado El Vendedor.
Tiene más cicatrices en los nudillos que en las cejas, unos
30 años de edad y un “boyante” negocio que en este momento encarga a tres o cuatro de sus empleados, hombres menores
que él, pescadores de aficionados a la piedra, éxtasis, marihua-

na, ácidos y activo. La raíz de esta última palabra no tiene que
ver con la jerga del barrio, sino con la nomenclatura industrial.
Activor es el nombre con que se etiquetan las latas cuadradas
de aluminio de 20 litros en que el líquido es envasado.
Este solvente posee una altísima concentración de tolueno,
elemento químico responsable de la sensación buscada por los
monstros y materia prima presente en productos tan dispares
como los perfumes y el TNT.
Por eso son tan raros los disolventes: nadie los diseñó pensando que terminarían en el cerebro de nadie. Por su origen legal y por su poder adictivo es que, en manos de El Vendedor, el
comercio con esa sustancia es una empresa rentable.
El Vendedor cruza la puerta de una vecindad, recorre un
breve laberinto de cemento descolorido e ingresa a una casa familiar en la que un televisor anuncia la inminente pelea de una
taekwondoína mexicana en los Juegos Olímpicos de Londres.
Tres mujeres y dos niños intercambian opiniones sobre el combate. Y concluyen: no habrá medalla de oro.
El hombre abre la puerta de un baño recién recubierto con
azulejos brillantes y diseño con motivos acuosos. Fija la vista
en una estiba de piso a techo de latas cúbicas de lámina compradas a precio de mayoreo en las peleterías del contiguo barrio
de Tepito.
A mediados del siglo pasado la colonia Morelos –nombre
oficial de Tepito– dio la bienvenida a zapateros artesanales
provenientes de los estados que instalaron ahí sus talleres familiares. Y ahí el activo se utiliza para endurecer la piel de puntas y talones del calzado.
Actualmente, un taller estándar ocupa, máximo, una lata
de solvente al mes.
–Nosotros paramos cinco latas al día –dice El Vendedor,
quien hasta hace pocos años era empleado en una de esas zapateras. Una sonrisa decora su cara al final de cada frase.
–¿Saben los dueños de las peleterías en qué termina el activo vendido?
–¡A huevo!
Dicho con más precisión, su mercancía termina en las manos de 50 clientes diarios, en promedio, que El Vendedor mantiene desde hace un par de años. Algunos compradores lo visitan hasta cuatro veces al día.
Cada lata cuesta en los negocios de la calle Ferrocarril
aproximadamente 650 pesos y la dosis mínima es de 10 pesos, equivalentes a unos 100 mililitros. La medida tiene cierta
precisión gracias a que se vende en envases de refresco. Los de
Coca-Cola son los más utilizados, pues esa marca tiene varias
presentaciones de entre 200 mililitros y tres litros.
Una simple regla de tres permite concluir que la venta de El
Vendedor es de 2 mil pesos por lata o 10 mil pesos diarios. De esa
cantidad paga los sueldos de sus asistentes callejeros.
Hay que sumar, por supuesto, las ganancias más sustanciosas producto del comercio con las otras drogas, pero por éstas debe restar lo que paga en los continuos sobornos. Un ejemplo: hace pocos días un familiar de El Vendedor debió comprar
a la policía su libertad en 50 mil pesos luego de ser detenido con
algunos envoltorios de piedritas de crack.
Pero estos riesgos se minimizan con los solventes: nadie va
a prisión por almacenarlos, lo que favorece la multiplicación de
sus puntos de venta.
–¿De cuánto es la ganancia mensual al final de todo?
–Unos 15 mil o 16 mil pesos –se encoge de hombros y lleva
hacia abajo las comisuras de los labios, aclarando que no es la
mina de oro por la que se juega la vida y la libertad. Ni la de sus
50 marchantes.

| EMEEQUIS | 08 de octubre de 2012

En este microuniverso de la Ciudad de México la vida es muy
distinta: monear, por ejemplo, es un verbo, y no uno cualquiera.
Estrella no respira, monea y todo en su vida gira alrededor
de este verbo. Ella es una más de los monosos, monkeys, chemos, chacas o monstros que viven en este campamento, hogar
de hasta 120 consumidores de inhalables, concretamente de
activo, un disolvente con el que se impregna un trozo de tela,
estopa o algodón, tras lo cual, formalmente, queda convertido
en una mona.
En este día, como casi todos, se ha disfrazado para trabajar:
pestañas alargadas con rímel hecho grumos, boca encendida
como una granada reventada, minifalda y una blusa holgada
con la que mal disimula un embarazo de seis o siete meses.
–¿Quiénes son tus clientes?
–Taxistas. También me visitan cinco policías judiciales
–arquea las cejas y saca la barbilla: presume y, a la vez, advierte. Se encuentra afuera de la mini ciudad perdida de plástico,
maderas y cartón asentada en la plazoleta Pedro Moreno.
–¿Saben que eres menor de edad?
–Sí, pues sí –cambia el gesto a uno de recelo.
–¿Eres de aquí, del DF?
–De Veracruz.
–¿Y qué haces aquí?
–Me vine con un trailero. Mi padrastro me violaba desde
los seis años. Llegué a los nueve años y un valedor me trajo para
acá. Antes estaba allá –señala en dirección a la Plaza Francisco
Zarco.
–¿Y la prostitución?
–Igual, a los nueve... Cobraba 600 pesos y me hacían fotos
en los hoteles de por aquí mismo, pero sin que saliera mi cara.
Ahora –con 16 años– sólo cobro 200 o 250 pesos –responde
cuando es interrumpida por el choque de tres autos sobre Paseo
de la Reforma, justo frente a la comuna. Decenas de habitantes del campamento salen a ver el accidente. No hay aquí nadie
que no tenga un amigo atropellado y muerto mientras estaba
intoxicado con activo, como se llama el compuesto industrial
que consumía.
–¿Dónde consigues el activo? ¿Aquí?
–Aquí se manchan. Te quieren vender una botella de Coca
–de 600 mililitros– en 70, 80 pesos. En la Guerrero o en la Morelos me la llenan en 50.
–¿Y tú bebé?
Estrella contrae el entrecejo. Sube la guardia y queda en silencio.
–Uno está con mi mamá y el otro...
Mete el freno.
–¿Y el que esperas?
–¡No! ¡Yo no estoy embarazada!

33