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Juan Domingo Perón

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

No cabe duda de que no siempre existe la posibilidad de comprender
espontáneamente lo que he caracterizado como misión. No es posible prescindir, por lo tanto, de un adecuado proceso formativo que debe definirse
crecientemente, y cuya finalidad consiste no sólo en sentar las bases para una
unión duradera, sino en gestar en la pareja la comprensión radical del sentido último del matrimonio. Este sentido, entendido como misión, se concentra –ya lo he dicho– en una radical dimensión espiritual y en su verdadera
resonancia histórico-social.
Para que la familia argentina desempeñe su función social necesaria, sus
integrantes deberán tener en cuenta algunos principios elementales en sus
relaciones. Así, estimo que el vínculo entre padres e hijos debe regirse sobre
la base de la patria potestad, no entendida como un símbolo de dominio,
sino como un principio de orientación fundado en el amor.
El niño necesita de la protección paterna para ayudarlo a identificar su
función social y para ello es lógico que los padres deben usar la gravitación
natural que tienen sobre sus hijos.
Por ese camino se contribuirá a consolidar la escala de valores que asegurará para el futuro que de ese niño surja el ciudadano que necesita nuestra comunidad, en lugar de un sujeto indiferente y ajeno a los problemas de
su país. Es la solidaridad interna del grupo familiar la que enseña al niño que
amar es dar, siendo ése el punto de partida para que el ciudadano aprenda a
dar de sí todo lo que le sea posible en bien de la comunidad.
La mujer argentina tiene reservado en esto un papel fundamental. Es ella,
con su enorme cantidad de afecto, la que debe continuar asumiendo la enorme responsabilidad de ser el centro anímico de la familia.
Independientemente de ello, nuestra aspiración permanente será que en
la sociedad argentina cada familia tenga derecho a una vida digna, con todas
las prestaciones vitales aseguradas. Entonces habrá que fijar el nivel mínimo
de esas prestaciones, para que ninguna familia se encuentre por debajo de él
en la democracia social que deseamos.
El Estado tiene la obligación especial de adoptar medidas decisivas de
protección de la familia y no puede eludir ese mandato bajo ningún concepto. Olvidar esa exigencia llevaría a la comunidad a sembrar dentro de ella las
semillas que habrán de destruirla.
No olvidemos que la familia es, en última instancia, el tránsito espiritual
imprescindible entre lo individual y lo comunitario. Una doble permeabilidad se verifica entre familia y comunidad nacional; por una parte, ésta in-

serta sus valores e ideales en el seno familiar; por otra, la familia difunde en
la comunidad una corriente de amor, que es el fundamento imprescindible
de la justicia social.
Quiero realizar, en fin, una invocación sincera a la familia argentina. Asistimos, en nuestro tiempo, a un desolador proceso: la disolución progresiva de
los lazos espirituales entre los hombres. Este catastrófico fenómeno debe su
propulsión a la ideología egotista e individualista, según la cual toda realización es posible sólo como desarrollo interno de una personalidad clausurada y
enfrentada con otras en la lucha por el poder y el placer.
Quienes así piensan sólo han logrado aislar al hombre del hombre, a la
familia de la Nación, a la Nación del mundo. Han puesto a unos contra otros
en la competencia ambiciosa y la guerra absurda.
Todo este proceso se funda en una falacia: la de creer que es posible la
realización individual fuera del ámbito de la realización común.
Nosotros, los argentinos, debemos comprender que todo miembro –particular o grupal– de la sociedad que deseamos, logrará la consecución de sus
aspiraciones en la medida en que alcancen también su plena realización las
posibilidades del conjunto.
No puede concebirse a la familia como un núcleo desgajado de la comunidad, con fines ajenos y hasta contrarios a los que asume la Nación. Ello
conduce a la atomización de un pueblo y al debilitamiento de sus energías
espirituales que lo convierten en fácil presa de quienes lo amenazan con el
sometimiento y la humillación. A la luz de lo expuesto acerca de la familia,
nuestra sociedad sólo puede definirse como comunidad organizada.
Sabemos, por lo tanto, que la integración del hombre en esa sociedad presupone y concreta esa básica armonía que es principio rector en nuestra doctrina.
Será, además, eminentemente nacional y cristiana, tomando plena conciencia
de que su dimensión nacional no sólo no es incompatible con una proyección
universalista, sino que constituye un insoslayable requisito previo.
La sociedad que deseamos debe ser celosa de su propia dignidad, y esto
sólo es posible si está dotada de una poderosa resonancia ética.
El grado ético alcanzado en la sociedad imprime el rumbo al progreso del
pueblo, crea el orden y asegura el uso feliz de la libertad. La diferencia que media entre extraer provechosos resultados de una victoria social o anularla en el
desorden depende de la profundidad del fundamento moral.
La armonía y la organización de nuestra comunidad no conspirará contra su carácter dinámico y creativo. Organización  no es sinónimo de cris-

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