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ARMANDO LOERA VARELA

ponen atención, otros lucen distraídos,
otros caen en la indisciplina. Se deben
tomar decisiones inmediatamente, marcar
pausas o acelerar la explicación, cambiar
de dinámica o de estímulo (si se explicaba,
que ahora se resuelva un problema en el
cuaderno; si se estaba leyendo ahora, que
se haga manipulación de material). Alguien
se pelea, dice una broma, entra alguien
al aula interrumpiendo una actividad, se
escucha un ruido que atrae la atención de
todos. Nueva toma de decisiones, nueva
aplicación de técnicas, nuevo uso de
materiales, cambio de método didáctico,
pero una misma pedagogía.
Registrar el dinámico flujo de actividades
de una lección es todo un reto técnico,
que de antemano sé que será limitado e
impreciso. Puedo permanecer sentado
en el aula y llevar un registro con base en
acciones pedagógicas que la literatura
especializada indica como propia de
«buenos maestros» o «maestros expertos».
Una vez que termina la lección observo
en estas hojas que los docentes ejecutan
algunas de estas acciones en la lección de
hoy, pero ello no indica nada, ya que ayer
o hace una semana ejecutó otras. Todo
depende de cuánto tiempo tengo para
dedicarlo a ese registro. Tal vez he preferido
entrar con un cuaderno en el que trato de
apuntar lo que se dice y lo que se hace de
manera detallada. A los diez minutos me doy
cuenta de que es simplemente imposible. Si
cuento con un poco más de recursos entro
con una, o dos cámaras, grabadoras de voz,
me hago acompañar de otro investigador.
Sé que toda esa «parafernalia» va a irrumpir
el «curso natural» de eventos en la lección,
pero lo justifico porque es una manera

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Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

de obtener un mayor registro, de manera
relativamente objetiva.
Sin embargo, una vez que me propongo
codificar con base en los videos acepto
amplios márgenes de arbitrariedad en la
imposición de categorías y, de cualquier
forma me quedan muchas dudas de eventos
no registrados. Observo conductas, escucho
expresiones, tanto del o la docente, como
de los alumnos. Siento que todo eso no tiene
sentido por sí mismo. Necesito comprender
su significado. Puedo buscar en mi colección
de libros de pedagogía, o en los libros que
se usan para formar a los docentes, o los que
se utilizan en los procesos de actualización
de los cursos a los que he asistido, o, lo más
común como investigador, en los estados del
conocimiento sobre práctica pedagógica.
Sin embargo, difícilmente encuentro el
significado que busco con base en estas
fuentes. De poco me sirve clasificar al o
la docente como perteneciente a este o
aquel enfoque. Lo particular del contexto,
lo singular de las situaciones, escapa
con facilidad a mi intensión de identificar
«patrones recurrentes» que me ayuden a
encontrar el sentido y el significado de las
acciones pedagógicas.
Si como investigador estoy sorprendido de
la facilidad con que se me escapan las
prácticas que cotidianamente ejecutan los
docentes en las aulas, más me sorprendo
por los criterios que se usan para evaluarlos,
tanto a los que ya están en servicio como a
los aspirantes.
Si bien se reconoce que es relevante
desarrollar esfuerzos para identificar la
manera en que impacta la forma de enseñar