Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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Los innumerables conflictos que enfrentan a los hombres y
las mujeres vienen de que ninguno de los dos asume todas las
consecuencias de esta situación que uno propone y otro soporta:
esta noción imprecisa de «igualdad en la desigualdad» que utiliza
el uno para ocultar su despotismo y el otro su cobardía, no se re­
siste al análisis de la experiencia: en sus intercambios, la mujer
exige la igualdad abstracta que le han garantizado, y el hombre la
desigualdad concreta que observa. De ahí viene que en todas las
relaciones se perpetúe una lucha infinita sobre el equívoco de
las palabras dar y tomar: ella se queja de darlo todo, él protesta
porque ella le toma todo. La mujer tiene que entender que los in­
tercambios --es una ley fundamental de la economía política­
se regulan en función del valor que la mercancía ofrecida tiene para
el comprador, y no para el vendedor: la han engañado conven­
ciéndola de que poseía un precio infinito y en realidad para el
hombre es sólo una distracción, un placer, una compañía, un bien
inesencial; él es el sentido, la justificación de la existencia de ella;
por lo tanto, el intercambio no se hace entre dos objetos de la mis­
ma calidad; esta desigualdad se marcará especialmente en el he­
cho de que el tiempo que pasan juntos -que parece engañosa­
mente el mismo tiempo-- no tiene para los dos el mismo valor; la
velada que el amante pasa con su querida podría utilizarla para un
trabajo útil para su carrera, ver amigos, cultivar relaciones, dis­
traerse; para un hombre normalmente integrado en la sociedad, el
tiempo es una riqueza positiva: dinero, reputación, placer. Por el
contrario, para la mujer ociosa que se aburre es una carga de la
que sólo se desea liberar; en cuanto consigue matar las horas, ya
ha logrado un beneficio: la presencia del hombre es un puro be­
neficio; en muchos casos, lo que interesa más claramente al hom­
bre en una relación es el beneficio sexual que obtiene: en último
caso, puede contentarse con pasar con su querida el tiempo nece­
sario para realizar el acto amoroso; sin embargo -salvo excep­
ciones-, lo que ella desea es «dar salida» a todo el exceso de
tiempo con el que no sabe qué hacer. Como el tendero que sólo
vende las patatas si se llevan también los nabos, sólo cede su cuer­
po al amante si además se hace cargo de las horas de conversación
y de salida. El equilibrio consigue establecerse si el coste del con­
junto no parece demasiado elevado al hombre: ello depende por
supuesto de la intensidad de su deseo y de la importancia que tie­
nen a sus ojos las ocupaciones que sacrifica; sin embargo, si la
mujer exige --{)frece- demasiado tiempo, resulta totalmente

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