Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf

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mont y los pobres señores Wendel. Como los piojosos despreocu
pados que se rascan alegremente, como los negros felices que ríen
bajo el látigo, y los alegres árabes del Souss que entierran a sus
hijos muertos de hambre con la sonrisa en los labios, la mujer
goza de un privilegio incomparable: la irresponsabilidad. Sin
preocupaciones, sin cargas, tiene claramente «la mejor parte». Lo
chocante es que por una perversidad obstinada -ligada sin duda
al pecado original- a través de los siglos y los países las perso
nas que tienen la mejor parte acusan siempre a sus bienhechores:
¡Es demasiado! ¡Me contentaría con vuestra suerte! Y estos capi
talistas magníficos, generosos colonos, varones superiores se em
pecinan: ¡Podéis quedaros con la mejor parte!
El hecho es que los hombres encuentren en su compañera
más complicidad de la que el opresor suele encontrar en el opri
mido; utilizan esta circunstancia con mala fe para declarar que
ella ha querido él destino que le han impuesto. Hemos visto
que en realidad toda su educación conspira para cerrarle los cami
nos de la rebeldía y la aventura; la sociedad entera --empezando
por sus respetados padres- le miente exaltando el elevado valor
del amor, de la abnegación, del don de sí y ocultándole que ni el
amante, ni el marido, ni los hijos estarán dispuestos a soportar
esta carga tan molesta. Ella acepta alegremente estas mentiras
porque la invitan a seguir la pendiente de la facilidad: y es el peor
crimen que se comete contra ella; desde su infancia y a lo largo de
toda su vida se la mima, se la corrompe, designando como su vo
cación esta abdicación que es la tentación de todo existente an
gustiado por su libertad; si se invita a un niño a la pereza entrete
niéndole todo el día sin darle ocasión de estudiar, sin mostrarle la
utilidad de hacerlo, no se puede decir cuando llega a la edad adul
ta que ha elegido ser capaz e ignorante; así se educa a la mujer, sin
enseñarle nunca la necesidad de asumir ella misma su existencia;
ella se deja llevar contando con la protección, el amor, la ayuda,
la dirección ajenas; se deja fascinar por la esperanza de poder rea
lizar su ser sin hacer nada. Se equivoca al ceder a la tentación,
pero el hombre no está en condiciones de reprochárselo, pues la
tentación viene de él. Cuando estalle un conflicto entre ambos
cada cual considerará al otro responsable de la situación; ella le
reprochará haberla creado: no me han enseñado a razonar, a ga
narme la vida; él le reprochará haberlo aceptado: no sabes nada,
eres una incapaz... Cada sexo cree que se justifica cuando toma la
ofensiva, pero los errores de uno no absuelven al otro.
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