Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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busca su salvación por el camino que se le ha impuesto, el de la
pasividad, al mismo tiempo que reivindica activamente su sobera­
nía; sin duda, no es un procedimiento «de buena lid», pero se lo
dicta la situación ambigua en la que la han confinado. No obstan­
te, el hombre, cuando la trata como una libertad se indigna de que
sea para él una trampa; la halaga y satisface cuando es su presa, le
molestan sus pretensiones de autonomía; haga lo que haga, él se
sentirá estafado y ella perjudicada.
La disputa durará mientras los hombres y las mujeres no se
reconozcan como semejantes, es decir, mientras se perpetúe la fe­
minidad como tal. ¿Cuál de los dos se obstina más en mantener­
la? La mujer que se libera quiere conservar no obstante sus pre­
rrogativas; y el hombre exige que entonces asuma sus limitacio­
nes. «Es más fácil acusar a un sexo que excusar al otro», dice
Montaigne. Es vano repartir críticas y alabanzas. En realidad, si
aquí el círculo vicioso es dificil de romper, es porque los dos se­
xos son al mismo tiempo víctima del otro y de ellos mismos; en­
tre dos adversarios que se enfrentan en su libertad pura, podría
llegarse fácilmente a un acuerdo, sobre todo porque esta guerra
no beneficia a nadie; sin embargo, la complejidad de todo este
asunto viene de que cada campo es cómplice de su enemigo; la
mujer persigue un sueño de abdicación, el hombre un sueño de
alienación; la falta de autenticidad se paga cara: cada uno culpa al
otro de la desgracia que le ha caído encima al ceder a la tentación
de la facilidad; lo que el hombre y la mujer odian el uno en el otro
es el fracaso estrepitoso de su propia mala fe y de su propia debi­
lidad.
Hemos visto por qué los hombres sometieron en un principio
a las mujeres; la devaluación de la feminidad ha sido una etapa
necesaria de la evolución humana; pero habría podido generar
una colaboración entre ambos sexos; la opresión se explica por la
tendencia del existente a huir de sí alienándose en el otro que
oprime con este fin; actualmente, en cada hombre singular apare­
ce esa tendencia: y la inmensa mayoría cede ante ella; el marido.
se busca en su esposa, el amante en su querida, en la imagen de
una estatua de piedra; persigue en ella el mito de su virilidad,
de su soberanía, de su realidad inmediata. «Mi marido nunca va al
cine», dice la mujer y la incierta opinión masculina se imprime en
el mármol de la eternidad. Sin embargo, él mismo es esclavo de
su doble: ¡qué trabajo para construir una imagen en la que siem­
pre está en peligro! Pues se basa, a pesar de todo, en la libertad

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