Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf

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el superior absoluto, el ser esencial; se niega a considerar concre
tamente a su compañera como una igual; ella responde a su des
confianza con una actitud agresiva. Ya no se trata de una guerra
entre individuos encerrados cada uno en su esfera: una casta rei
vindicadora se lanza al ataque y la casta privilegiada la mantiene
en su lugar. Se trata de dos trascendencias que se enfrentan; en lu
gar de reconocerse mutuamente, cada libertad quiere dominar a la
otra.
Esta diferencia de actitud se marca en el plano sexual y en el
plano espiritual; la mujer «femenina» trata, al convertirse en pre
sa pasiva, de reducir también al varón a su pasividad carnal; trata
de cogerlo en la trampa, de encadenarlo por el deseo que suscita
al convertirse dócilmente en cosa; al contrario, la mujer «emanci
pada» quiere ser activa, prensil y rechaza la pasividad que el hom
bre pretende imponerle. De la misma forma, Elise y sus émulas
niegan a las actividades viriles su valor; colocan la carne por en
cima del espíritu, la contingencia por encima de la libertad, su
sensatez rutinaria por encima de la audacia creadora. Sin embar
go, la mujer «moderna» acepta los valores masculinos: tiene a
gala pensar, actuar, trabajar, crear de la misma forma que los va
rones; en lugar de tratar de rebajarlos afirma que es su igual.
Cuando se expresa en conductas concretas, esta reivindica
ción es legítima; en ese caso, lo que hay que lamentar es la inso
lencia de los hombres. Pero hay que decir en su disculpa que las
mujeres a menudo no juegan limpio. Una Mabel Dodge pretendía
someter a Lawrence con los encantos de su feminidad para des
pués dominarlo espiritualmente; muchas mujeres, para demostrar
con sus éxitos que valen lo mismo que un hombre, se esfuerzan
por procurarse sexualmente un apoyo masculino; juegan con dos
barajas, exigiendo al mismo tiempo antiguos miramientos y una
nueva estima, apostando por su antigua magia y sus jóvenes dere
chos; es comprensible que el hombre irritado se ponga a la defen
siva; pero él también hace trampas al exigir a la mujer que actúe
lealmente cuando, por su desconfianza, por su hostilidad, le niega
oportunidades indispensables. En realidad, la lucha entre ellos no
puede tener una imagen clara, ya que el ser mismo de la mujer es
opacidad; no se alza frente al hombre como un sujeto, sino como
un objeto paradójicamente dotado de subjetividad; se asume a la
vez como ella misma y como alteridad, contradicción que supo
ne consecuencias desconcertantes. Cuando convierte en arma su
debilidad y su fuerza, no se trata de un cálculo; espontáneamente,
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