Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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alegatos en su contra que se encuentran en la literatura francesa:
Montherlant resucita con menor brillantez la tradición de Jean de
Meung. Esta hostilidad parece algunas veces justificada, a menudo
gratuita; en realidad, esconde una voluntad de autojustificación
más o menos diestramente enmascarada. «Es más fácil acusar a un
sexo que excusar al otro», dice Montaigne. En algunos casos, el
proceso es evidente. Por ejemplo, es curioso que el código romano,
para limitar los derechos de la mujer, invoque «la imbecilidad, la
:fragilidad del sexo» en un momento en que, por debilitamiento de
la familia, la mujer se convierte en un peligro para los herederos de
sexo masculino. Es curioso que en el siglo XVI, para mantener la tu­
tela sobre la mujer casada, se apele a la autoridad de San Agustín,
que declara que «la mujer es una bestia que no es sólida ni estable»,
mientras que se considera a la soltera capacitada para administrar
sus bienes. Montaigne entendió perfectamente la arbitrariedad y la
injusticia de la suerte que le cabe a la mujer: «Las mujeres no se
equivocan cuando rechazan las reglas que se introducen en el mun­
do, sobre todo porque los hombres las hicieron sin ellas. Es natural
que haya intrigas y pendencias entre ellas y nosotros». A pesar de
todo, no llega a convertirse en su adalid. Ya en el siglo xvm, hom­
bres profundamente demócratas empiezan a plantearse la cuestión
con objetividad. Diderot, entre otros, se dedica a demostrar que la
mujer es, como el hombre, un ser humano. Un poco más tarde,
Stuart Mill la defiende con ardor. Sin embargo, la imparcialidad de
estos filósofos es excepcional. En el siglo XIX, la polémica del fe­
minismo se convierte en una lucha de facciones; una de las conse­
cuencias de la revolución industrial es la participación de la mujer
en el trabajo productivo: en ese momento, las reivindicaciones fe­
ministas salen del campo teórico y encuentran unas bases económi­
cas, con lo que sus adversarios se vuelven más agresivos; aunque la
propiedad raíz haya sido destronada en parte, la burguesía se aferra
a la vieja moral que ve en la solidez de la familia una garantía de la
propiedad privada: exige que la mujer se quede en casa con una
agresividad proporcional a la amenaza que supone su emancipa­
ción; en el seno mismo de la clase obrera, los hombres trataron de
frenar esta liberación, porque veían en las mujeres peligrosas com­
petidoras, sobre todo al estar acostumbradas a trabajar por bajos
salarios6. Para probar la inferioridad de la mujer, los antifeminis-

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Véase segunda parte, IV.

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