Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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Imnediatamente se plantea una pregunta: ¿cómo ha empeza­
do toda esta historia? Se puede comprender que la dualidad de los
sexos, como toda dualidad, se traduzca en un conflicto. Se puede
entender que si uno de ellos consiguiera imponer su superioridad,
debería tratarse de una superioridad absoluta. Falta explicar por
qué ganó el hombre desde un principio. Las mujeres podrían ha­
ber vencido, o la victoria podría haber quedado en el aire. ¿De
dónde viene que este mundo siempre haya pertenecido a los hom­
bres y que sólo ahora empiecen a cambiar las cosas? ¿Este cam­
bio es un bien:? ¿Llevará o no a un reparto igualitario del mundo
entre hombres y mujeres?
Estas preguntas no son ninguna novedad; ya se les han dado
muchísimas respuestas, pero precisamente el mero hecho de que
la mujer sea Alteridad cuestiona todas las justificaciones que los
hombres hayan podido encontrar: estaban obviamente dictadas
por su interés. «Todo lo que han escrito los hombres sobre las mu­
jeres es digno de sospecha, porque son a un tiempo juez y parte»,
dijo en el siglo XVIII Poulain de la Barre, feminista poco conoci­
do. En todas partes, en todas las épocas, los varones han procla­
mado a los cuatro vientos la satisfacción que les produce sentirse
reyes de la creación. «Bendito sea Dios nuestro Señor y Señor de
todos los mundos porque no me ha hecho mujern, dicen los judíos
en sus oraciones matinales; mientras tanto, sus esposas murmuran
con resignación: «Bendito sea el Señor que me ha creado según
su voluntad.» Entre todas las bondades que Platón agradecía a los
dioses, la primera era que le hubieran creado libre y no esclavo; la
segunda, hombre y no mujer. Sin embargo, los varones no hubie­
ran podido gozar plenamente de este privilegio si no hubieran
considerado sus fundamentos como absolutos y eternos: han tra­
tado de convertir su supremacía en un derecho. «Los que hicieron
y compilaron las leyes eran hombres, por lo que favorecieron a su
sexo, y los jurisconsultos convirtieron las leyes en principios»,
dice también Poulain de la Barre. Legisladores, sacerdotes, filó­
sofos, escritores, sabios, se afanaron en demostrar que la condi­
ción subordinada de la mujer era grata al cielo y provechosa en la
tierra. Las religiones forjadas por los hombres reflejan esta volun­
tad de dominio: encontraron armas en las leyendas de Eva, de
Pandora. Pusieron la filosofía, la teología a su servicio, como he­
mos visto en las frases de Aristóteles, de Santo Tomás que hemos
citado. Desde la Antigüedad, satíricos y moralistas representaron
con gusto las debilidades femeninas. Son conocidos los violentos
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