Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf

Vista previa de texto
dad, aunque sea igual en ambos, siempre favorece al opresor fren
te al oprimido: es lo que explica que la liberación de la clase obre
ra, por ejemplo, haya sido tan lenta. La mujer siempre ha sido, si
no la esclava del hombre, al menos su vasalla; los dos sexos nun
ca han compartido el mundo en pie de igualdad; incluso en nues
tros días, aunque su condición esté evolucionando, la mujer sufre
grandes desventajas. En casi ningún país del mundo tiene un es
tatuto legal idéntico al del hombre, y en muchos casos su desven
taja es considerable. Incluso cuando se le reconocen unos dere
chos abstractos, un hábito arraigado hace que no encuentren ex
presión concreta en las costumbres. Económicamente, hombres y
mujeres constituyen casi dos castas; en igualdad de condiciones,
los primeros tienen situaciones más ventajosas, salarios más ele
vados, más oportunidades de triunfar que sus competidoras re
cientes; los hombres ocupan en la industria, la política, etc., ma
yor número de puestos y siempre son los más importantes. Ade
más de los poderes concretos con los que cuentan, llevan un halo
de prestigio cuya tradición se mantiene en toda la educación del
niño: el presente envuelve al pasado, y en el pasado, toda la histo
ria ha sido realizada por los varones. En el momento en que las
mujeres empiezan a participar en la elaboración del mundo, sigue
siendo un mundo que pertenece a los hombres: a ellos no les cabe
ninguna duda, y a ellas apenas. Negarse a ser Alteridad, rechazar
la complicidad con el hombre sería para ellas renunciar a todas las
ventajas que les puede procurar la alianza con la casta superior. El
hombre soberano protegerá materialmente a la mujer súbdita y se
encargará de justificar su existencia: además del riesgo económi
co evita el riesgo metafisico de una libertad que debe inventar sus
propios fines sin ayuda. Junto a la pretensión de todo individuo de
afirmarse como sujeto, que es una pretensión ética, también está
la tentación de huir de su libertad y convertirse en cosa; se trata
de un camino nefasto, porque pasivo, alienado, perdido, es pre
sa de voluntades ajenas, queda mutilado en su trascendencia, frus
trado de todo valor. Sin embargo, es un camino fácil: se evita así
la angustia y la tensión de la existencia auténticamente asumida.
El hombre que considera a la mujer como una Alteridad encontra
rá en ella profundas complicidades. De esta forma, la mujer no se
reivindica como sujeto, porque carece de medios concretos para
hacerlo, porque vive el vínculo necesario que la ata al hombre sin
plantearse una reciprocidad, y porque a menudo se complace en
su alteridad.
55
