Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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tudiante declaraba el otro día: «Toda estudiante que llega a ser
médico o abogado nos roba un puesto»; son las palabras de al­
guien que no se cuestiona sus derechos en este mundo. Los inte­
reses económicos no son los únicos en juego. Uno de los benefi­
cios que la opresión ofrece a los opresores es que el más humilde
de ellos se siente superior: un «pobre blanco» del sur de los Esta­
dos Unidos tiene el consuelo de decirse que no es un «sucio ne­
gro»; los blancos más afortunados explotan hábilmente este orgu­
llo. De la misma forma, el más mediocre de los varones se consi­
dera frente a las mujeres un semidiós. Era mucho más fácil para
Montherlant considerarse un héroe cuando se enfrentaba con mu­
jeres (elegidas por otra parte con este fin) que cuando tuvo que
mantener ante otros hombres su papel de hombre: papel que mu­
chas mujeres desempeñaron mejor que él. Por ejemplo, en sep­
tiembre de 1 948 en uno de sus artículos del Fígaro Littéraire,
Claude Mauriac -cuya poderosa originalidad puede admirar
todo el mundo-- podía7 escribir sobre las mujeres: «Escuchamos
con un tono (¡sic{) de educada indiferencia ... a la más brillante de
ellas, sabedores de que su espíritu refleja de forma más o menos
deslumbrante ideas que les vienen de nosotros.» Evidentemente,
lo que refleja su interlocutora no son las ideas de Claude Mauriac
en persona, habida cuenta de que no se le conoce ninguna; es po­
sible que refleje las ideas que le vienen de los hombres, pero en­
tre los mismos varones siempre hay más de uno que considera su­
yas opiniones que no ha discurrido; podemos preguntarnos si
Claude Mauriac no tendría interés en enfrentarse con un buen re­
flejo de Descartes, de Marx, de Gide, más que consigo mismo; lo
más notable es que con el equívoco del nosotros se identifica con
San Pablo, Hegel, Lenin, Nietzsche, y desde la altura de su gran­
deza considera desdeñosamente al rebaño de mujeres que se atre­
ven a hablarle en pie de igualdad; a decir verdad, conozco a más
de una que no tendría paciencia para conceder a Mauriac «un
tono de educada indiferencia».
He insistido en este ejemplo porque la ingenuidad masculina
es pasmosa. Los hombres tienen muchas maneras más sutiles de
aprovecharse de la alteridad de la mujer. Para todos los que sufren
complejo de inferioridad, se trata de un bálsamo milagroso: nadie
es más arrogante, agresivo o desdeñoso con las mujeres que un

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O al menos creía poder.

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