Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf

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hombre preocupado por su virilidad. Los que no se sienten intimi
dados por sus semejantes están también mucho más predispuestos
a reconocer en la mujer a un semejante; pero incluso estos últimos
se aferran, por muchas razones, al mito de la Mujer, de la Alteri
dad8; no podemos reprocharles que no renuncien alegremente a to
dos los beneficios que obtienen con esta situación; saben lo que
pierden si renuncian a la mujer tal y como la sueñan, pero ignoran
lo que les aportará tal y como será en el futuro. Es necesaria mu
cha abnegación para rechazar una posición de Sujeto único y ab
soluto. Además, la gran mayoría de los hombres no asume explí
citamente esta pretensión. No posicionan a la mujer como un ser
inferior, están demasiado imbuidos del ideal democrático como
para no reconocer que todos los seres humanos son iguales. Para el
niño, el joven, la mujer está revestida en el seno de la familia de la
misma dignidad social que los adultos varones; luego experimenta
lleno de deseo y de amor la resistencia, la independencia de la mu
jer deseada y amada; una vez casado, respeta en la mujer a la espo
sa, la madre, y en la experiencia concreta de la vida conyugal, ella
se afinna frente a él como una libertad. Así puede convencerse de
que entre los sexos ya no existen jerarquías sociales y que más o
menos, a pesar de las diferencias, la mujer es una igual. Como ob
serva, no obstante, algunas inferioridades -la más importante es la
incapacidad profesional- las achaca a la naturaleza. Cuando man
tiene con la mujer una actitud de colaboración y buena voluntad,
desarrolla el principio de la igualdad abstracta; sin embargo, la de
sigualdad concreta que puede comprobar, no es él quien la enun
cia. Ahora bien, en cuanto entra en conflicto con ella, la situación
se invierte: desarrolla el principio de la desigualdad concreta y se
permitirá incluso negar la igualdad abstracta9• Así es como mu-
8 El artículo de Michel Carrouges publicado sobre este tema en el núme
ro 292 de Cahiers du Sud es significativo. Escribe con indignación: «¡Quisiéra
mos que no hubiera mito de la mujer, sino un cortejo de cocineras, de matronas,
de prostitutas, de marisabidillas con una función útil o placentera!» Es decir,
para él la mujer no tiene existencia para sí; considera únicamente su función en
el mundo masculino. Su finalidad está en el hombre, y sólo así es posible prefe
rir su «función» poética a cualquier otra. La cuestión es precisamente saber por
qué habría que definirla con respecto al hombre.
9 Por ejemplo, el hombre declara que no encuentra disminuida en nada a su
mujer por el hecho de que no tenga una profesión: las tareas del hogar son igual
mente nobles, etc. No obstante, a la primera pelea, exclama: «No serías capaz de
ganarte la vida sin mí.»
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