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TOTALITARISMO
que hayan de creer en ía verdad literal de los clichés ideológicos. Éstos son fabri
cados para responder a una búsqueda de la verdad entre las masas, que, en su
insistencia en explicaciones y demostraciones, todavía tiene mucho en común
con el mundo normal. La élite no está compuesta de ideólogos; toda ía instruc
ción de sus miembros está encaminada a abolir su capacidad para distinguir en
tre la verdad y la falsedad, entre la realidad y la ficción. Su superioridad consiste
en su capacidad inmediata para disolver cada declaración de hecho en una
declaración de fines. A diferencia de la masa de afiliados, que, por ejemplo, pre
cisa de alguna demostración acerca de la inferioridad de la raza judía antes de
que se le pueda pedir con seguridad que mate a judíos, las formaciones de élite
comprenden que la declaración «todos los judíos son inferiores» significa: todos
los judíos deben ser asesinados. Saben que cuando se les dice que sólo Moscú
tiene Metro, el verdadero significado de ía declaración es que todos los metros
deberían ser destruidos, y no se sienten indebidamente sorprendidos cuando
descubren el Metro de París. El tremendo shock de desilusión que sufrió el Ejér
cito Rojo en su penetración conquistadora por Europa sólo pudo ser curado
mediante campos de concentración y un exilio forzado para una gran parte de
las tropas de ocupación; pero las formaciones de la policía que acompañaron al
ejército se hallaban preparadas para el shock no mediante una información dife
rente y más correcta — no existe en la Rusia soviética una escuela secreta de
entrenamiento que proporcione los hechos auténticos sobre la vida en el exte
rior—, sino simplemente por un entrenamiento general en el desprecio supre
mo por todos los hechos y todas las realidades.
Esta mentalidad de la élite no es un mero fenómeno de masas, no es una
simple consecuencia de un desarraigo social, de un desastre económico y de
una anarquía política; necesita una cuidadosa preparación y cultivo y forma
una parte más importante, aunque menos reconocible, del plan de estudios de
las escuelas de la jefatura totalitaria — los Ordensburgen nazis, para las unidades
SS, y los centros de entrenamiento bolchevique, para los agentes de la Komintern— que el adoctrinamiento sobre la raza o las técnicas de la guerra civil. Sin
la élite y su incapacidad artificialmente inducida para comprender los hechos
como hechos, para distinguir entre la verdad y la falsedad, el movimiento nun
ca podría moverse en la dirección que requiere la realización de su ficción. La
sobresaliente cualidad negativa de la élite totalitaria es que jamás se detiene a
pensar cómo es realmente el mundo y nunca compara las mentiras con la reali
dad. Su más preciada virtud, en consecuencia, es la lealtad al jefe, que, como un
talismán, asegura la victoria definitiva de la mentira y de la ficción sobre la ver
dad y la realidad.
La categoría más alta en la organización de los movimientos totalitarios
es ía del círculo íntimo en torno al jefe, que puede ser una institución formal,
