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TOTALITARISMO
siempre tiene razón en sus acciones, y como éstas se hallan proyectadas para
los próximos siglos, la prueba definitiva de lo que hace queda desplazada más
allá de la experiencia de sus contemporáneos107.
El único grupo del que se supone que cree leal y textualmente en las pala
bras del jefe es el de los simpatizantes, cuya confianza rodea al movimiento
con una atmósfera de honradez y de candidez y ayuda al jefe a cumplir la mi
tad de su tarea, es decir, a inspirar confianza en el movimiento. Los miem
bros del partido nunca creen en las declaraciones públicas, ni se supone que
han de creer en ellas, pero se sienten halagados por ía propaganda totalitaria
como poseedores de una inteligencia superior que, aparentemente, les distin
gue del mundo exterior no totalitario, el cual, a su vez, sólo conoce la anor
mal credulidad de los simpatizantes. Sólo los simpatizantes de los nazis creye
ron en Hitler cuando formuló su famoso juramento de legalidad ante el Tri
bunal Supremo de la República de Weimar; los miembros del movimiento
sabían muy bien que mentía y confiaron en él más que antes porque, aparen
temente, fue capaz de engañar a la opinión pública y a las autoridades. Cuan
do en años posteriores Hitler repitió su acción ante todo el mundo al jurar
acerca de sus buenas intenciones, al tiempo que preparaba aún más abierta
mente sus crímenes, la admiración de los afiliados nazis fue, naturalmente,
ilimitada. De forma semejante, sólo los compañeros de viaje de los bolchevi
ques creyeron en la disolución de la Komintern y sólo las masas no organiza
das del pueblo ruso y los compañeros de viaje del exterior dieron crédito a las
declaraciones prodemocráticas de Stalin durante la guerra. A los miembros
del partido bolchevique se les advirtió explícitamente que no se dejaran enga
ñar por maniobras tácticas y se les pidió que admiraran la astucia de su jefe al
traicionar a sus aliados108.
Sin la división organizativa del movimiento en formaciones de élite, afi
liados y simpatizantes, las mentiras del jefe no operarían. La graduación del
cinismo expresada en una jerarquía de desprecio es al menos tan necesaria
frente a la constante refutación como la simple credulidad. El hecho es que
los simpatizantes, en las organizaciqnes frontales, desprecian la completa fal
ta de iniciación de sus conciudadanos; los miembros del partido desprecian
la credulidad de los compañeros de viaje y su falta de radicalismo; las forma507 Wemer Best, op. dt„ explicó; «El que la voluntad del gobierno establezca o no las regías “justas”..., ya
no es una cuestión de la ley, sino una cuestión del destino. Por sus abusos... será más seguramente casti
gado ante la historia por el mismo destino con infortunios, derrocamiento y ruina, por haber violado las
“leyes de la vida”, que por un Tribunal Supremo de Justicia». Cita de Nazi Comp'mcy, IV¡ p. 490.
m Véase Kravchenko, op. cit., p. 422. «Ningún comunista verdaderamente adoctrinado cree que el
partido está “mintiendo” por profesar una política en público y otra completamente opuesta en pri
vado».
