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EL MOVIMIENTO TOTALITARIO
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en nada. Pensaban que todo era posible y que nada era cierto. En sí misma,
la mezcla resultaba suficientemente notable porque significaba el final de la
ilusión de que la credulidad fuese una debilidad de almas primitivas que
nada sospechaban, y el cinismo, el vicio de mentes superiores y refinadas.
La propaganda de masas descubrió que su audiencia siempre estaba dis
puesta a creer lo peor, por absurdo que fuera, y que no se resistía especial
mente a ser engañada, puesto que, de todas formas, consideraba cualquier
declaración una mentira. Los jefes totalitarios de masas basaron su propa
ganda en la correcta suposición psicológica de que, bajo semejantes condi
ciones, uno podía hacer un día creer a la gente las más fantásticas declara
ciones y confiar en que, si aí día siguiente recibía la prueba irrefutable de su
falsedad, esa misma gente se refugiaría en el cinismo. En lugar de abando
nar a los líderes que le habían mentido, aseguraría que siempre había creí
do que tal declaración era una mentira, y admiraría a los líderes por su
superior habilidad táctica.
La que había sido una reacción demostrable de las audiencias de masas se
convirtió en un importante principio jerárquico para las organizaciones de
masas. Una mezcla de credulidad y de cinismo predomina en todos los esca
lones de los movimientos totalitarios, y cuanto más alta sea la categoría, más
se impondrá el cinismo sobre la credulidad. La convicción esencial, compar
tida por todas las categorías desde la del compañero de viaje hasta la del jefe,
es que la política es un juego de engaños y que el «primer mandamiento» del
movimiento: «El Führer siempre tiene razón», es tan necesario para los fines
de la política mundial, es decir, al engaño global, como las normas de la dis
ciplina militar lo son para los fines de la guerra105.
La maquinaria que genera, organiza y difunde las monstruosas falsedades
de los movimientos totalitarios depende también de la posición del jefe. A la
afirmación propagandística de que todo lo que sucede es científicamente pre
visible segón las leyes de la naturaleza o de la economía, la organización tota
litaria añade la posición de un hombre que ha monopolizado este conoci
miento y cuya cualidad principal es que él «tenía siempre razón y siempre
tendrá razón»106. Para un miembro de un movimiento totalitario, este cono
cimiento nada tiene que ver con la verdad, y el tener razón nada tiene que ver
con la objetiva veracidad de las declaraciones del jefe, que no pueden ser des
mentidas por los hechos, sino sólo por sus futuros éxitos o fracasos. El jefe
105 Es característica la noción de Goebbels sobre el papel de la diplomada en política: «No hay duda
de que uno hace mejor las cosas sí mantiene a los diplomáticos ignorantes del fondo de la política...
La sinceridad, cuando se desempeña un papel apaciguador, es a veces el argumento más convincente
de su honradez política» (op. ctt.> p. 87).
Rudolf Hess, en una emisión de 1934. Nazi Conspiracy, 1, p. 193.
