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EL MOVIMIENTO TOTALITARIO
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Un anonimato que contribuye considerablemente a la singularidad de
todo el fenómeno oscurece los comienzos de esta nueva estructura organiza
tiva. No sabemos quién fue el primero que decidió regimentar a los compa
ñeros de viaje en organizaciones frontales, ni quién vio primero en las masas
de los vagamente simpatizantes — con las que todos los partidos acostumbra
ban a contar el día de las elecciones, pero a las que consideraban demasiado
volubles para la afiliación— no sólo una reserva de la que extraer miembros
del partido, sino una fuerza decisiva en sí misma. Las primeras organizacio
nes de simpatizantes inspiradas por los comunistas, tales como los «Amigos
de la Unión Soviética» o las asociaciones del «Socorro Rojo», evolucionaron
hasta llegar a ser organizaciones frontales, pero originariamente no eran nada
más ni nada menos que lo que sus nombres indicaban; una reunión de sim
patizantes para la ayuda financiera o de otro tipo (por ejemplo, legal). Hitler
fue el primero en señalar que cada movimiento debería dividir en dos catego
rías a las masas ganadas a través de la propaganda: simpatizantes y afiliados.
En sí mismo, esto es suficientemente interesante; aún más significativo es
que basara esta división en una filosofía más amplia, según la cual la mayoría
de las personas son demasiado perezosas y cobardes para algo más que una
simple percepción teórica, y sólo una minoría desea luchar por sus conviccio
nes65. En consecuencia, Hitler fue el primero en concebir una política cons
ciente de constante incremento de las filas de simpatizantes, mientras que al
mismo tiempo conservaba estrictamente limitado el número de miembros
del partido66. Esta noción de una minoría de miembros del partido rodeada
arriba es un principio mucho más importante que el de «la autoridad ilimitada» del funcionario
designado. En la práctica, la autoridad de los subjefes se hallaba decisivamente limitada por la abso
luta soberanía del jefe. Véase más adelante.
Stalin, procedente del aparato conspirador del partido bolchevique, no pensó probablemente
nunca en este problema. Para él, los nombramientos dentro de la maquinaria del partido eran una
cuestión de acumulación de poder personal. (Pero sólo en los años treinta, tras haber estudiado el
ejemplo de Hitler, permitió que le llamaran «jefe».) Debe reconocerse, sin embargo, que podía justi
ficar fácilmente estos métodos, citando la teoría de Lenin según la cual «la historia de todos los paí
ses muestra que la clase trabajadora, exclusivamente por su propio esfuerzo, sólo es capaz de desarro
llar una conciencia sindicalista», y que por ello su jefatura ha de provenir necesariamente de fuera
(véase What is to be done?, publicado por vez primera en 1902, en Collected Works, voi. IV, libro II).
El hecho es que Lenin consideró al partido comunista como ía parte «más progresista» de la clase tra
bajadora y, al mismo tiempo, «la palanca de organización política» que «dirige a toda la masa del pro
letariado», es decir, una organización fuera de la clase y por encima de ella, (Véase The Russian Revolution, 1917-1921, de \V. H. Chamberiain, Nueva York, 1935, II, 361.) Sin embargo, Lenin no
puso en tela de juicio la validez de la democracia interna del partido, aunque estaba inclinado a res
tringir la democracia a la misma clase trabajadora.
6> Hitler, op. cit., libro II, cap. XI.
66 Ibfd. Este principio fue estrictamente aplicado tan pronto como los nazis conquistaron el poder.
De siete millones de afiliados a las Juventudes Hitlerianas, sólo 50,000 fueron aceptados para su
ingreso en el partido en 1937. Véase el prólogo de H . L. ChÜds a The Nazi Primer. Cotéjese también
