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El asesinato del anticaries
Al profesor lo tengo por un hombre serio, asentado como dicen. Hace dos días
me sorprendió cuando al ejercicio de Análisis e Investigación le puso como
título: La vaca.
Los veintitrés alumnos cruzamos sonrisas cómplices, algunos se taparon la boca
para no reír, pero se impuso en el momento el respeto al profesor.
Después cuando se fuera, primero hubieran sido las carcajadas, y como
siempre detrás, las palabras hiposas, que explican para que las risas no
parezcan solo una mueca y un sonido, que las justifican para no dejarlas huir
abandonando en un engorroso silencio a los risueños.
Pero no sucedió lo previsible, se interpuso el cierre que golpeó brutal,
conmovedor, atónitos de vernos, de imaginarnos así allí.
“Un caso típico de muerto no reclamado, que quedará en el cajón de algún
escritorio, el tiempo necesario para pasarlo al archivo de los olvidados. Por eso
les traje este caso, porque si ustedes investigan y encuentran algo, quizás el
muerto regrese del olvido y sea alguien, aunque siga muerto”.
Hendiendo el mutismo salí al patio interno y lo vi pasar al profesor hacia la
puerta de salida, caminando erguido, sereno, circunspecto, delante de una
estela de sensatez, y fue en ese momento, en ese preciso , que me nació la
duda.
Me dije que este tipo no podía habernos jugado un chiste de la escuela, cuando
a cualquier escrito que se nos venía encima, cuyo nombre hasta el momento del
anuncio por cierto desconocíamos, al saquen una hoja tenemos composición, a
coro contestábamos ¡composición la vaca !
No, no era posible, por burdo, y si me tendía más allá, por ofensivo, y se me
metió entre ceja y ceja que la vaca tenía olor a gato encerrado. Bueno, es un
decir, nunca olí un gato encerrado. Por eso, cuando volví mi casa y leí en detalle
el ejercicio, me quedé uncido con el título. Y no fue malo.
Hay que barrer la hojarasca, claro que sin tirarla, por si más tarde se la
necesita.
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