El asesinato del anticaries.pdf


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Un hombre es encontrado muerto en una humilde casa del suburbio pobre.
En realidad lo mataron. De tres balazos. Del arma no hay rastros. Vivía en la
indigencia, estaba flaco, quizás desnutrido.
Se me ocurre que como dice el tango, fané descangallado. Pero la imagen es
una salida de pista, no estaba en el sitio del hecho, mejor la omito.
Desprolijo en su aspecto, pelada cubierta por unos pocos pelos largos, barba
de varios días, uñas crecidas, algunas rotas, tiene sin embargo una dentadura
propia en perfecto estado, sin una sola carie, sin huellas de algún arreglo.
En la cocina encontraron jeringas, probetas y elementos químicos, lo cual
motiva la intervención de peritos especializados en drogas. Pero no hay nada
prohibido y los químicos hallados son de un compuesto no conocido. Que será
analizado.
En el primer momento, si queremos avanzar, nos tendremos que arreglar sin el
análisis.
Apoyado en un costado del lavatorio, dentro de un vaso de los que se usan para
guardar el cepillo de dientes y la pasta dental, hay solo una dentadura postiza.
Existen otras descripciones que abundan sin agregar nada significativo.
Las de costumbre. Tiene familia, no. Lo visitan personas, no. De qué trabajaba,
los vecinos saben poco de él, de su pasado, ni siquiera si es jubilado. Pero lo
aprecian, era servicial, callado, honesto.
El profesor cerró la presentación del caso, con palabras cuya intención
recuerdo textual, y me comprometen.
Me crié en el campo, adoro las vacas, que por cierto huelen a vaca.
Tengo una pequeña tallada en madera, regalo de mi padre que vive allá en
Misiones, en el pueblo de mi origen, el que me enseñó aún chico, tenía seis
años, a jugar al ajedrez.
La puse en el centro del tablero, en cuatro dama, y al rey lo dejé acostado,
como el muerto, en uno caballo rey, como si se hubiera movido de donde nació,
buscando refugiarse en una esquina, me percato que el muerto algún día se
movió a ese casa, para encontrar el final.
La vaca que protege la diagonal negra, no es más que una guarda tardía, un ángel
postrero que le puse yo, un gesto fútil que memoria la desdicha del hombre y
su descubrimiento, la vacuna anticaries.
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