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Villa Gesell, 2021
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Sonrío junto a la tía Chocha, la ahora anciana tía Etelvina, madre nutricia que nos regaló entre
otros platos su mítica carbonada mendocina, y sostengo el pesado zapallo que hábil rellena y
que irá al horno para la cocción final. Es un tiempo de reencuentros que estrechamos desde
que quedé sin Luis y le pregunté primero a Federico y después a ella si quería que viviéramos
juntos.
En las búsquedas personales ahondo en los retornos, férvidos recuerdos que trasponen años,
se meten en el hoy, sirven para vivirlo, y a veces van más allá dando sensatez al porvenir.
En el momento reflexivo regresa la pasión de Luis por ciertos íconos de su amor, por mí, por
Federico, el cine, los silencios, y lo justo -que no siempre es la justicia-.
Me reconozco acróbata de esos trapecios que habitamos por años, y dan claridad, la suficiente
para entender su ausencia, inhóspita, brutal en esa dimensión donde no cabe lo inesperado;
territorio yermo donde empiezo a renacer, atrevida, por él y por mi, en un romance nuevo que
mezcla esa dialéctica echa de éxtasis y depresión.
-Abuela Etelvina- la llamó Federico, redondeando una necesidad que él tiene de extender la
familia, cerrando mi angustia vana por esperar el regreso de Luis.
Ahora con la calma entiendo a quienes somos, los que fueron y los que estamos en esta estadía
provisoria.
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De Tonio a Matilde
“Mis noches son diamantinas en la dureza y el brillo, aparece un sendero que transito, y al final
se repite y vuelvo a caminarlo, y se repite.
Pero los senderos son gemelos falsos; cuando miro el piso descubro huellas distintas, camino
al costado sin pisarlas, viajo de a par con la tía Chocha, con Ankara, Gervasio, Luis, Federico,
el tano Gigli, con mi compañera de los martes pares (la llamo así porque es más significativo
que su nombre).
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