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Villa Gesell, 2021
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Tonio, el más pequeño, tenía, cuando llegamos a la casa, cinco años. Desde la mañana
caminaba detrás de Etelvina, agarrado a sus polleras (la tía Chocha nunca usó pantalones),
sesgando hasta donde podía el andar igual de Ankara. Después se acostumbraron,
comprendieron que
emprendían la misma marcha, renunciaron a las maulerías, se unieron
fraternos y Ankara encontró un lugar para dormir al pie de la cama de Tonio, quien sostenía
que el gato soñaba cuando él soñaba aunque no estaba seguro que fueran las mismas
imágenes.
Moverse a pie fue su sino, de niño no le gustaban las bicicletas, caminaba siempre hasta la
escuela y por eso partía más temprano que nosotros.
Vivió amigo del mismo camino, que al decir de él no se repetía íntegro, porque entonces no
existirían los matices ni tampoco la palabra matiz; y el mundo de cada uno, que es un sistema
que se mueve confinado en un espacio, sería una absurda, aburrida y repudiable estabilidad.
A nadie sorprendió que cuando buscó trabajo lo encontró como cartero, y fue su pedazo de
felicidad, caminaba y siempre el mismo recorrido, cambiante en las noticias que llevaba y en
los rostros de los destinatarios.
Con el tiempo, en las largas sobremesas de los domingos, en las que más de una vez la tía
Chocha dormitaba, contaba las historias de las cartas que nunca abrió.
Lo que él creía contenían esas cartas. Un ejercicio que fue esfumando el largo y serpenteante
límite entre la realidad y la fantasía, hasta que un día se le pialaron en el cerebro.
Entonces desvió sus recorridos habituales, y caminó al siquiatra del hospital. En el bar de
enfrente conoció a la chica de los martes pares. Y le creímos esta historia aunque se parecía a
las de las cartas cerradas, porque fundente en su realidad, sumaba a la ensoñación compañera
que no lo abandona, única voz que reconoce ahora que vive a lo sordo su soledad.
A Luis, mi Luis, le conocí primero la sonrisa, ese recorte pregnante de su rostro, en una carta
cuento de Tonio, un anticipo cierto de su existencia real; y de manera pertinaz tuve celos de
las mujeres que me hablaban de ella.
Lo visito a Tonio los martes y los domingos, hasta hace poco reincidía en contarle la historia
de su acierto, en una vana terapia que buscaba sacarlo del silencio; ahora comprendí que
compartir el mutismo es la manera de hablar que tenemos.
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