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9 Cuentos cortos | Alberto Naso
Biensonante, la ausencia de noticias sacude, ayuda al quiebre de la tórpida situación borrando
el período blanco.
Dudas y nostalgias tempranas, esos pozos de libre caída que nacieron apenas quince días
después de la decisión y descubren un fondo de pliegues blancos que suben en ebullición e
inundan el pensar y el sentir, y las paredes celeste de los ambientes de la pequeña casa,
ausentes de cuadros y del color de los cuadros, y sobre la mesa la resma de hojas blancas que
pensaba usar para la prolífica correspondencia que colijo no será.
Un período de dudas que vas cancelando y nostalgias que se esfuman, hasta que un día,
para mí fue al comienzo del invierno, abandoné al visitante y nací lugareño.
En una de las paredes del estar fijé tres clavos formando una línea recta, y como solo tenía un
cuadro lo fui cambiando de lugar, difícil decir cuándo y tampoco me interesa saberlo, aunque
descubro una triangularidad temática, la acuarela es un paisaje de montañas, y el mar y el
bosque están afuera en el paisaje real, y adentro están los tres clavos, uno con una acuarela y
los otros dos con un paisaje real imaginado.
La resma de hojas extra blanco, fue cortada en la guillotina de una imprenta en prolijos
cuadrados de 21 x 21 centímetros, que ahora observo apilados sobre la mesa, y busco una
regla, una tijera y un lápiz, herramientas suficientes para doblar definitivo, pliegue valle o monte
o escalonado, doblar y volver al punto.
Retomo destrezas de la niñez que descubro no están olvidadas, las manos marcan y doblan
el papel, hacia arriba, hacia atrás, lo pliegan en fuelle, con las tijeras abren rectas y curvas, y
esos movimientos y otros despiertan peces, ballenas, gaviotas, hipocampos y focas. Las
papirolas del mar.
El prana hiende la noche hasta que la luces del alba sorprenden decenas que cubren la mesa
bajan las sillas y llegan al suelo.
El veintiuno de septiembre cuento 555 blancas y calladas papirolas del mar.
Mientras los días se alargan tolero agradecido la intrusión de colores y palabras; esclavo de
mí, mancho las papirolas con los tonos ausentes, sacrílego para los ortodoxos, escribo sobre
su superficie blanca, y desde ese entonces hablan con breves prosas y versos de amores que
son encuentros y reencuentros. Intuyo, necesito, desprenderme en los otros, posar en sus vidas
un aliento de simples sueños y sinceridad.
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