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Villa Gesell, 2021

En este otoño de hoy, en todos los otoños, a las dieciocho y quince empieza a deslumbrar el
negro, más negro en las noches sin luna, y a veces alguna estrella atrevida parpadea en un
intento de linterna lejana que no alumbra.
En la biblioteca comienza el traqueteo de ordenar los libros devueltos hoy, que no son muchos,
en cerrar los postigos, apagar las luces, y en un final de gestos aprendidos, la puerta de chapa
y vidrio, sin rejas que la defiendan de un ladrón que no vendrá.
« La noche es fría, demasiado fría, de acurrucarse, y si desde mañana no abren más porque
es el día en que murieron los dinosaurios, me queda el libro que no podré devolver, y
trascendente, los tres de la dedicatoria, una historia de resurrección que puede dar lugar a otras
historias y otros libros y otra biblioteca. »
Anoche tuve un sueño y siendo de no soñar con frecuencia, o no recordar el contenido, viviendo
el titubeo de la duda que se instala sobre si prefiero o no el olvido, sombrilla protectora de duelos
y dolores añadidos a los del día, éste si lo traigo sacándolo en la evocación.
En la casa no hay luz, pero puedo caminarla de memoria, sin necesidad de tantear las paredes,
llegar a la cocina y levantar la persiana, buscando una intrusa, salvadora luminosidad de luna
o de los focos de la calle, que se metiera por la ventana facilitando el retorno de la sombra
perdida por los objetos, e imagino también por los hombres, y los perros ahora silenciosos de
la casa vecina, y los pinos y el acer palmatun que en la oscuridad deja de amarillear las hojas.
La luz huyó, en una pérdida de lo cotidiano, anuncio de un suceso nuevo; también se disipó
el retumbe infaltable de las olas, y su silencio imantó una caminata de cien metros por la arena,
hasta la orilla antigua del mar, ahora frontera seca.
Permanecí un tiempo sin tiempo, echando una última mirada a la oscuridad por donde se
esfumó la palabra de los hombres, su historia toda, mi historia.
Luego una mujer vino de la izquierda, jineta en un caballo blanco dominante, luminoso, sin
apero, sin ropa, de piel morena, y un punto rojo entre los ojos oscuros que me miraban sin
apuro, donantes generosos de sabiduría, y cuando giró la cabeza hacia donde venía di con un
hombre de su creación.
Se tomaron de las manos, murmuraron sus nombres en una lengua oral inaudible, un soplo
silencioso que me decía Viviana, y un eco que me decía Segundo.

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