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Villa Gesell, 2021

Madrugando
Me despierto antes que el sol y aguardo. El reloj lo uso como calendario de las estaciones, si a
las siete y veintitrés es la hora del alba, estamos en la mitad del otoño.
La cerrazón avanza mojando el jardín delantero de la casa, y apremia también el de atrás. Los
que duermen no presienten la invasión silenciosa, repetida gota a gota, transportada por una
brizna de viento viniente del mar, escurriéndose entre ramas pasivas de árboles y de humanos
mezclados, entregados al sueño vegetal y acrítico de lo probable.
Los libritos de grasa que acompañan el té de la mañana ya no tienen el crocante conocido. En
estos tiempos de apuros, y por el designio amarroco de los panaderos post modernos, la
ausencia del barniz de grasa entre las capas de masa, los asimila a pan doblado.
« No entiendo porqué entendiendo, no dejo de comprarlos. Quizás lo logre algún día ».
Doy vuelta el pequeño reloj de arena, aguardo los treinta segundos que mide, suficientes para
tomar aire y mentalizar un día positivo. Luego continúo con el ritual matinal de sentarme en la
mecedora estilo Thonet, y leer.
El libro ayer retirado de la biblioteca popular tiene un carácter particular, infrecuente, que no
deviene del texto del autor.
« Siempre me intrigaron las dedicatorias, es cierto que son sucedáneas en el tiempo al autor,
que ignora su existencia (salvo que la haya escrito él mismo), pero lo preceden en el texto
impreso, licenciando en mi imaginación una diáspora de personajes, una historia pasible de
agregar ».
Hace treinta y cuatro años y ocho

meses, alguien escribió sesgando el ángulo superior

izquierdo de la página del título, con un arte que desdeño encajar en alguna tipografía
caligráfica, evitando el fugue de la autoría a la manada de los olvidados, reencarnándola aquí
con respeto, Por enseñarnos a volar sueños de caña y papel. Gracias René. Y sobre la derecha,
De corazón. Viviana y Segundo.
En el tejer de amores y costumbres, enhebré para los libros regalados con una dedicatoria, un
espacio, egoísta si se quiere, donde conservarlos míos, por lo que significan en su momento, y
por la nostalgia de los recuerdos renacientes en otros días.

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