Policromática Matías Castro Arias.pdf


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Héctor buscaran en su propio recuerdo el punto exacto
en que pudieron cambiar la historia. Y al encontrarlo se
endilgaran, aceptando el castigo, toda responsabilidad
y culpa.
Si pudiéramos decirles algo sería que no fue culpa
de Diana, ni de Héctor o Anita. No fue culpa de nadie.
Solamente fue.
Que esa no fue la única vez que una puerta quedó abierta.
Solo pasó que Tobías, aún bajo el encanto de la ballena
blanca, vio por la ventana, desde la comodidad de su
habitación, cómo el viento movía el agua depositada
en la piscina, transformando su calma en una efectiva
simulación del bravío mar en que reposaba Moby Dick.
Y ante esta visión no pudo más que actuar, guiar sus
pasos hacia donde creía se encontraba lo correcto.
Una especie de verdad revelada por su instinto. Así que
avanzó. Entonces que una o todas las puertas estuvieran
abiertas fue un detalle. O que los otros no se percataran
de sus pasos, metidos como estaban en sus ideas u
ocupaciones. Porque, lo queramos o no, tenía que pasar.
Al día de hoy cuesta concluir si queríamos o no que
ocurriera. De niños, adolescentes, incluso ya jóvenes o
adultos, nos vemos enfrentados a situaciones límites
en que la muerte se nos presenta de frente, sin grandes
velos, y basta un movimiento milimétrico para terminar
en sus brazos. No tenemos mucho que decir respecto a
cómo se dan las cosas: nuestras decisiones parecen la

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