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Soncillo, un nombre y una historia

Por Las Torres,
las de Arriba y las de Abajo, dos aldeas
ignoradas en la historia, fui de paso,
caminante que le miran y le acechan,
aunque nada le preguntan, y es su vida
recelosa a las ajenas.
A Soncillo yo llegué cuando tocaban
las campanas, que era víspera de fiesta,
y jurara que al cesar de los volteos
al tío Sidro yo le oí tocar la cuerna...
Yo recuerdo de los puentes Carredanos,
de bañistas playa a veces veraniega,
donde más de un pescador echó la caña
y pasóse sin pescar las horas muertas ;
y recuerdo de la Cueva
que es remanso de agua clara
y es de truchas madriguera ;
y recuerdo de las moles de peñascos
y, en el hondo, del molino sin molienda
y al bajar de San Cibrián, en la pendiente,
de los frescos avellanos entre piedras
junto aquel arroyo seco en el estío
que se mete como sierpe retorcido en la asperaza ;
y recuerdo de la encina entre las hayas
que el jugo de sus troncos se alimenta
y de aquel lugar del monte que le dicen
Paraíso los adanes y las evas.
Por los claros soportales de la Plaza
paseé yo muchas veces, centinela
de mis propios pensamientos,
a la caza de palabras en espera
de romances y de estrofas que envolviesen
con el manto de las rimas sonorosas las ideas.
Y así, oía, distraído, dar las doce
la campana del reloj, la algarabía
de los niños que salían de la escuela
y las niñas que bajaban del colegio
como alegres pajarillos de la jaula prisionera.
Y recuerdo de la fuente
con los sauces que la ocultan y rodean

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