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BEATIFICACIÓN DE MADRE PIEDAD
Con su fe sublima lo sencillo, lo de cada día...
Al recordar a Madre Piedad con motivo de su Beatificación, el día 21 de marzo de 2004 por el
Papa Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro en Roma, se agolpan algunos recuerdos y datos
de su vida relacionados con el pueblo. Naturalmente que todo ello con la satisfacción de su
presencia. Era un alma grande, capaz de trasformar lo sencillo en obras agradables a Dios,
siempre en beneficio del pobre y del necesitado. El Papa lo reconoce con su beatificación, y nos
dice que fue verdad, que su vida trascurre en la humildad y santidad, y que Madre Piedad vive y
que está con nosotros. El milagro de su presencia espiritual, pero real, ha sido posible gracias a
su muerte que ha trasformado su vida. Ya es como los árboles de hoja perenne, capaz de cobijar
bajo sus ramas a quienes buscan su protección. Con su nacimiento se inició su trayectoria y no se
quedó en el kilómetro X-X del camino con su muerte. Todo lo contrario fue su segundo y
definitivo nacimiento. Desde esta situación se hizo contemporánea de todos los hombres, de
todos los lugares y de todos los tiempos. La razón es bien sencilla, su beatificación nos afirma
que está junto a Dios y por Él, junto a nosotros en el camino.
Madre Carmela, el Presidente del Patronato y un grupo de vecinos de Medina de Pomar el día de
su beatificación
Así, con esta cercanía, se nos presenta como ejemplo y modelo. Nos enseña que su vida fue
una entrega a Dios en el servicio de los más pobres y sobre todo como un testigo de esperanza.
Esta fue su tarea, su proyecto, humilde y sencillo, sin que se produjeran acontecimientos
extraordinarios, ni de milagros, ni de profecías. Eso sí, desde la mañana hasta la noche
convirtiendo su trabajo en oración al realizarlo en el nombre de Dios. Al igual que los apóstoles
lo hicieran en el mar de Tiberíades, después de una noche aciaga de redes vacías, cuando San
Pedro le dice a Jesús: “En tu nombre echaré las redes” (Lc 5, 5), ahí estaba el secreto de su
rendimiento.
Bien sabía ella que al obrar así quedaba todo en manos de Dios, que su trabajo estaba
cualificado y que su eficacia a la hora de los frutos podía multiplicarse. Cualquier tarea para ella
era un encargo de Dios. Quisiera ser intérprete, con humildad y con su venia, de esas
encomiendas:
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